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jueves, 19 de julio de 2012

Virgencita, que me quede como estoy.

Corren malos tiempos: la crisis nos azota día a día, la Unión Europea nos da por saco lo que puede, los especuladores nos van a mandar al carajo, el gobierno no sabe cómo salir de esta situación (por lo que se ve), el dinero negro sigue fluyendo, pero no se sabe por dónde, el estado de bienestar se hunde con el estado de superabundancia y riqueza flotante, las familias reestructuran su economía ante la ausencia de trabajo y el descenso de los sueldos (pero los funcionarios que se jodan ya que, al fin y al cabo, tienen una vida regalada), en fin, que ahora vamos a pensar otra vez que los españoles no sabemos hacer las cosas bien y volveremos a mirar al norte y todo eso.
Así que yo me voy de vacaciones, pero seguiré pensando en este blog y en mis lectores y visitantes. Me voy a mi pueblo, que ahora están de moda, como los recortes, pero ya me encargaré de no privarme de algún que otro placer puntual. Por eso, no me encomiendo a mi virgencita del Carmen; este verano no, no le prometo nada, que no están los tiempos como para prometer y, si acaso, le voy a pedir que haga lo que pueda para dejarme tal y como estoy, porque ante esta avalancha de males nacionales, temo que pueda afectarme alguna desgracia, que las veo venir, y espero que me ayude a guardarme de tantos males y me cobije...en su pecho, como sabe ella que a mí me gusta.
Feliz verano a todos, que la canícula sea llevadera y nos vemos a la vuelta, ya dispuestos a trabajar, si nos dejan, por esta España burbujeante, pero menos.

lunes, 16 de julio de 2012

Rima XXXIII. Gustavo Adolfo Bécquer. (1836-1870)

Rima XXXIII  

Es cuestión de palabras, y no obstante 
ni tú ni yo jamás,
después de lo pasado, convendremos
en quién la culpa está.
¡Lástima que el Amor un diccionario 
no tenga donde hallar 
cuándo el orgullo es simplemente orgullo 
y cuándo es dignidad!

La rima XXXIII de Bécquer, con esta alternancia de versos heptasílabos y endecasílabos y rima asonante en los pares, expresa de una manera sencilla el dilema de distinguir el orgullo de la dignidad.
En cualquier relación de pareja, hay discusiones y desavenencias, palabras y reproches mutuos, situaciones en las que se pone a prueba la capacidad de ambos para superar las divergencias. Pero hay casos en los que, como puede leerse en el poema, los hechos pueden superar a las palabras, a las razones esgrimidas, a las excusas, a la capacidad de comprender al otro, a la empatía. Hay casos en los que lejos de solucionarse las diferencias, se agravan, el tiempo las hace crecer en lugar de cicatrizarlas, las enquista en lugar de hacerlas desaparecer.
El amor es un sentimiento que nace de la aceptación del ser amado más allá de lo que nos resulta gratificante, más allá de lo que esperamos de él, más allá de lo que nos fascina. Quizá una parte de la magia resida en lo que convierte a esa persona en un ser diferente. Y, sin embargo, cuántas veces son esas diferencias las que van abriendo una brecha que con el tiempo se hace insalvable, cuántas veces, a pesar de la conciencia que tengan ambos de ese abismo que se abre entre los dos, a pesar de las veces que hayan tratado de ello, acaban convirtiéndose en un problema sin irresoluble.
Estaríamos de acuerdo si dijéramos que el perdón es la clave para mantener a flote la pareja cuando ésta nos decepciona, cuando quebranta las bases sobre las que se asienta la relación. Por profunda que sea la decepción, considero que si hay amor, hay perdón, y hay perdón cuando se siente el alma en paz, cuando uno está en paz consigo mismo, cuando ha desterrado los complejos, cuando se siente seguro de sí mismo y es capaz de ver en el otro al ser humano capaz de errar en el camino, cuando comprende que aquello que tanto le ha hecho daño podría haberle sucedido a él también. Si no es así, hay resentimiento y rencor, y hay orgullo.
Como tal, el orgullo es un sentimiento que nace de la seguridad de siente uno mismo a partir de saber quién es y a dónde ha llegado, cuando se reafirma en las sus propias convicciones y no sólo no está dispuesto a cambiar, sino que cualquier otra propuesta alternativa pudiera resultarle ineficaz o errónea. Por eso no damos nuestro brazo a torcer y por eso nos podemos sentir, por unos instantes, el ombligo del mundo, cerrando nuestra mente y nuestra alma a entender cualquier propuesta o actitud como inviable, nefasta o equívoca desde una perspectiva moral o meramente práctica. El orgullo es un error en la pareja; ¿lo es la dignidad?
No, por supuesto. Ni en la pareja ni en ningún ser humano sea cual sea su condición. La dignidad está relacionada con el respeto al prójimo y siempre que se veja, se burla, se ridiculiza o se desprecia a alguien, se está profanando su dignidad. En el entorno de la pareja, la dignidad puede perderse atendiendo a las causas enumeradas arriba, pero, volviendo al poema, puede sentirse como una cualidad irrenunciable cuando se vulnera desde la infidelidad. Nos dice el diccionario de la RAE que digno es:

1. adj. Merecedor de algo.
2. adj. Correspondiente, proporcionado al mérito y condición de alguien o algo.
3. adj. Que tiene dignidad o se comporta con ella.
4. adj. Dicho de una cosa: Que puede aceptarse o usarse sin desdoro. Salario digno. Vivienda digna.
5. adj. De calidad aceptable. Una novela muy digna.

Si atendemos a las aclaraciones que nos proporciona la Lengua, hay situaciones inaceptables para la pareja cuando uno de sus miembros no se siente merecedor de recibir una respuesta o un trato determinados, cuando una situación resulta absolutamente inasumible para uno de ellos. Sentirse indigno ante la actitud o el comportamiento de la persona con la que compartes el día a día es, por tanto, una certidumbre irreprochable y lógicamente subjetiva que nace de los principios y valores que esa persona se ha marcado en la vida. Así que, la dignidad, según esto, se sitúa por encima del amor o el perdón y, por tanto, no tiene que ver con el orgullo visceral o la cabezonería; se trata de una cualidad que no debe perderse nunca y es, a mi juicio, una de las causas por las que la pareja puede romperse sin atender a las palabras, a las razones de peso o a la capacidad de comprender o incluso perdonar.
Y, por cierto, la culpa es mutua.

domingo, 15 de julio de 2012

Llibre d'absències. Miquel Martí i Pol. (1929- )

Tot i que Llibre d'absències és un poemari escrit per a recordar la dona que s'ha mort, com sol passar amb els bons llibres, admet una lectura més ampla que pugui traslladar-se a altres contextos en els quals cadascú apliqui la seva experiència vital. L'absència és un estat que podem sentir per motius diferents, per lal mort d'un ésser estimat, per la manca d'una persona essencial per a nosaltres, per la necessitat de sentir la presència d'algú que ens faci suport en una situació determinada, perquè no tenim allò que reclamem a la vida, perquè no acabem de trobar allò que cerquem i no sabem encara de què es tracta... L'absència és la buidor existencial sense motius racionals.
En qualsevol cas, aquestos dos poemes, que pertanyen al Llibre d'absències són una mostra evident de com s'uneixen la mort, i l'amor, de com en la mort de la persona que estimem, ben sigui real o figurada a través de la seva no-presència, podem trobar motius per a continuar vius. El record es transforma en el leit motiv de qui viu amb aquesta enyorança. I aquesta actitud té sentit, potser més encara, quan no hi ha cap esperança de recuperar a l'ésser que ens fa falta.


UN SONET PER A TU
Un sonet per a tu que em fas més clar
tant el dolor fecund com l'alegria,
un sonet amb els mots de cada dia,
amb els mots de conèixer i estimar.
Discretament l'escric, i vull pensar
que el rebràs amb discreta melangia,
com si es tractés d'alguna melodia
que sempre és agradable recordar.
Un sonet per a tu, només això,
però amb aquell toc lleu de fantasia
que fa que els versos siguin de debò.
Un sonet per a tu que m'ha permès
de dir-te clarament el que volia:
més enllà de tenir-te no hi ha res.

CALLADAMENT
Des d'aquesta aspra solitud et penso.
Ja no hi seràs mai més quan treguin fulles
els pollancs que miràvem en silenci
des del portal de casa.
   Tantes coses
se m'han perdut amb tu que em resta a penes
l'espai de mi mateix per recordar-te.
Però la vida, poderosa, esclata
fins i tot en un àmbit tan estricte.
Tu ja no hi ets i els pollancs han tret fulles,
el verd proclama vida i esperança
i jo visc, i és vivint que puc pensar-te
i fer-te créixer amb mi fins que el silenci
m'engoleixi com t'ha engolit per sempre. 


Miquel Martí i Pol. Llibre d’absències, 1984

Maniquíes.

No soy esa clase de personas a las que les guste pasear por los corredores de los centros comerciales y detenerse de vez en cuando a contemplar los escaparates, pero reconozco que el de M&W' Secret consiguió que cada vez que pasara delante de él me detuviera unos segundos o caminara más despacio de lo habitual para deleitarme con sus maniquíes.
Había, en concreto, uno de cuerpo entero que figuraba una mujer exquisita, casi real, de mirada penetrante y seductora cuyo pelo negro reposaba en sus hombros. Exhibía un conjunto de ropa interior opalino con ribetes plateados que se ceñía grácilmente a su piel de plástico. Las cintas del sujetador abrazaban sus hombros resaltando sus clavículas y su desnudo torso. Por debajo del ombligo, la línea elíptica de las braguitas recorría sus caderas y dejaba sus nalgas expuestas a la mirada de los curiosos. Me excitaba tanto que por momentos lograba concentrar los sentidos en su cuerpo: mis manos retiraban los rizos que descansaban en su hombro, o se posaban sobre su cintura mientras mi boca se fundía en su boca entreabierta. Hubiera dado cualquier cosa por que despertara de su estatismo.
Poco a poco, visitar aquel escaparate se convirtió en una necesidad hasta el punto de que no dejaba pasar un día sin verla. Entonces, comencé a concebir la idea de sustituir a Elisa, mi viejo maniquí,  por ella y en convertirla en mi nueva dama de compañía.

viernes, 6 de julio de 2012

Soneto del número nueve escrito en endecasílabos blancos.

Un poema me pide Trapisonda
que verse sobre el número noveno
después de haber escrito sobre el quinto
la tabla cantarina de la escuela.

En tal aprieto nunca me habré visto:
que nueve, dieciocho, veintisiete...
y luego, treinta y seis, cuarenta y cinco.
Ya llego a la mitad en un instante

y sigue, ya sabéis, cincuenta y cuatro;
y asoma por acá el sesenta y tres,
y surge por allá el setenta y dos;

el nueve por sí mismo, ochenta y uno
y alcanzas sin pensarlo, con el diez,
el número noventa y cierra tabla.

jueves, 5 de julio de 2012

"Ma Dame".

Era una tarde muy calurosa del mes de agosto. Aparqué el coche en el pequeño descampado a la sombra de un enorme eucalipto al otro lado de la tapia, apagué el aire acondicionado, paré el motor y salí del vehículo sin quitarme las gafas de sol. El aire quemaba y sentía que los pies me ardían a cada paso que daba. La verja estaba abierta; tan sólo me separaban cincuenta metros hasta llegar al pórtico lateral y cruzar el pasillo de la única nave que conducía hasta su imagen. Me postré ante ella e incliné el rostro mientras cerraba los ojos y juntaba las manos junto a mi pecho. Permanecí así durante unos instantes y después levanté la mirada hasta su inmaculada forma. Entonces, ella, que amamantaba a un niño, lo depositó sobre una cuna de esparto que había a su derecha, comenzó a descender con los pechos desnudos, sin flexionar las rodillas, sin mudar el rostro que esgrimía una candorosa sonrisa, y se detuvo delante de mí. Durante unos segundos eternos, permanecí inmóvil e indeciso; luego, mis manos temblorosas se elevaron hasta sus pechos y mis dedos acariciaron el aura de sus pezones. Mantuvo la mirada inmutable, pero no su cuerpo; se dirigió hacia mí salvando un banco de madera y se sentó sobre mis rodillas como una amazona. Finalmente, extendió los brazos alrededor de mi cuello y entregó generosa el don de su gracia para atender mis súplicas.

lunes, 2 de julio de 2012

Primavera en Fialta. Vladimir Nabokov. (1899-1977)

Primavera en Fialta es un cuento en el que quizá nada sea real. Fialta no existe, pero pudiera ser real, pudiera ubicarse, pero no sabemos con certeza en dónde. Fialta pudiera ser la ciudad de los sueños. Y como en los sueños, Fialta se desdibuja entre las brumas de una primavera que es la concepción de una esperanza que alimenta el tiempo. Incluso, la primavera quizá no sea más que un deseo que nunca se hace realidad.
Su protagonista y narrador es un hombre casado al que le gusta perderse por las calles de esa "isla de felicidad" que flota junto a él, que lo atraviesa y sin embargo transcurre a su alrededor para dejar que el sueño fluya.
Ese sueño es Nina, una mujer casada con la que se encuentra aquí y allá, en diferentes ciudades a las que él se desplaza en viaje de negocios. Nina se perfila en la mirada de Víctor durante quince largos años, ("me resulta difícil encontrar la palabra justa para calificar nuestras relaciones"), y así, cada nuevo encuentro es una rememoración del pasado, de cada nuevo encuentro y del momento en que el sueño dio comienzo, cuando Nina ya estaba prometida.
Nina camina apoyada en su hombro, muy pegada a él, actúa con gran naturalidad, ríe y se divierte; y entre los pasos que juntos marcaron en la nieve, apenas si puede rescatar del recuerdo que él "la estaba besando en el cuello suave, ardiente por el calor de la larga piel de zorro que adornaba su abrigo", que entonces ella se aferró a sus hombros y "con el candor tan peculiar en ella, gentilmente unió sus labios generosos y sumisos" a los suyos. Pero apenas si se concocían. Víctor la acompaña adonde ella vaya, pero no sabe por qué no le presta la atención que él quisiera, quizá porque, como ocurre con los sueños, a veces son inalcanzables.
La segunda vez que se encontraron fue en Berlín, después del éxodo de Rusia. "Inmediatamente quedó claro para todos (...) que habíamos estado mucho tiempo en relaciones íntimas; no había duda de que había olvidado todo lo relativo al beso, pero en cierto modo debido a aquel encuentro trivial, tuvo una vaga idea de amistad tibia y agradable que en realidad jamás había existido entre los dos. Así el cuadro total de nuestras relaciones estaba engañosamente basado en una amistad imaginaria..., que no tenía nada que ver con su ocasional buena voluntad". Víctor sabe cuáles son las barreras de su sueño mientras para Nina el sueño podría ser la vida misma, una vida en la que experimenta la naturalidad de sus actos, sus deseos. Por eso, cuando le presenta a Elena, su mujer, y ella a su futuro marido, Ferdinand, sintió "una ridícula punzada de dolor", el dolor de una vida frustrada, de un sueño que no acaba de hacerse realidad. Para Nina, sin embargo, la vida es otra cosa. Tras su tercer encuentro casual, ella subió al vagón y desapareció tras los cristales "habiéndose olvidado súbitamente, o pasado a otro mundo". Luego, cayó en la cuenta de que ellos seguían en el andén y se asomó "audible y real".
Más tarde vino París, en donde Víctor, siempre fiel acompañante, se dejó llevar sin voluntad alguna hasta su cuarto para acabar deambulando por las calles de la ciudad. Así se fueron sucediendo los encuentros, cada vez más efímeros y menos reales hasta convertirse en un anhelo que se plasma como excusa en los objetos, en los ambientes, en otras mujeres: "una y otra vez aparecía raudamente al margen de mi vida, sin influir en lo más mínimo su contexto básico".
Llega un momento en que dudamos que Nina sea de carne y hueso pues parece que cualquier motivo pueda evocarla, hacerla presente. Y entonces, él la esperará toda una noche en su cuarto, sediento y salvaje ante la idea de su "furtiva presencia". Pero ella no acudió. Víctor ni siquiera se atreve a reprocharle su ausencia, se limita a comunicarle su vacío, ante el cual Nina guarda silencio, guarda las formas y se cuida de que su marido no sospeche nada.
Y mientras el tiempo pasa entre encuentro y encuentro, entre sueños nocturnos y llamadas por teléfono, Nina se integra en la vida cotidiana como un paréntesis, como un capítulo apócrifo durante el cual, no hablaban de nada: "como nunca pensábamos el uno en el otro durante los intervalos de nuestro destino; pero cuando nos encontrábamos, la vida pacífica se alteraba inmediatamente, todos sus átomos se recombinaban y vivíamos en otro intermedio más ligero, que se medía no por las largas separaciones sino por aquellos escasos encuetros en los que una corta y supuestamente frívola vida, se formaba así artificialmente. Y con cada nuevo encuentro me fui volviendo más y más aprehensivo; no, no experimenté ningún colapso emocional interno, la sombra de la tragedia no se cernía sobre nuestras reuniones, mi vida matrimonial seguía siendo inalterable, mientras que por otro lado su ecléctico marido ignoraba sus relaciones casuales". (...) Me fui haciendo más aprehensivo porque algo hermoso, delicado y que no volvería se estaba desperdiciando".
Víctor llega a plantearse su existencia, la razón de ser de Nina como sueño inalcanzable, y la razón de ser de su esposa y sus hijas: "¿Había alguna oportunidad práctica de vida con Nina?" Víctor presiente que está viviendo una situación absurda y, sin embargo, no entiende por qué cada vez más se siente invadido por la tristeza, una tristeza acumulada tras cada uno de sus encuentros "aparentemente despreocupados".
Nina, finalmente mortal, se cubre de una racionalidad mezquina y deja de latir como un deseo intenso, pero Víctor no buscó esa salida; simplemente nunca supo conjugar la vida y el sueño, la realidad y el deseo.

http://www.cuentosinfin.com/primavera-en-fialta/