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jueves, 5 de julio de 2012

"Ma Dame".

Era una tarde muy calurosa del mes de agosto. Aparqué el coche en el pequeño descampado a la sombra de un enorme eucalipto al otro lado de la tapia, apagué el aire acondicionado, paré el motor y salí del vehículo sin quitarme las gafas de sol. El aire quemaba y sentía que los pies me ardían a cada paso que daba. La verja estaba abierta; tan sólo me separaban cincuenta metros hasta llegar al pórtico lateral y cruzar el pasillo de la única nave que conducía hasta su imagen. Me postré ante ella e incliné el rostro mientras cerraba los ojos y juntaba las manos junto a mi pecho. Permanecí así durante unos instantes y después levanté la mirada hasta su inmaculada forma. Entonces, ella, que amamantaba a un niño, lo depositó sobre una cuna de esparto que había a su derecha, comenzó a descender con los pechos desnudos, sin flexionar las rodillas, sin mudar el rostro que esgrimía una candorosa sonrisa, y se detuvo delante de mí. Durante unos segundos eternos, permanecí inmóvil e indeciso; luego, mis manos temblorosas se elevaron hasta sus pechos y mis dedos acariciaron el aura de sus pezones. Mantuvo la mirada inmutable, pero no su cuerpo; se dirigió hacia mí salvando un banco de madera y se sentó sobre mis rodillas como una amazona. Finalmente, extendió los brazos alrededor de mi cuello y entregó generosa el don de su gracia para atender mis súplicas.

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