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viernes, 28 de febrero de 2014

Antonio Machado.

Se han cumplido 75 años de la muerte de Antonio Machado allá, en el exilio de Colliure, en la Cataluña francesa y he sentido la necesidad de escribir algunas palabras de homenaje a este escritor sevillano que puso voz a Castilla como trasunto de la malograda España del 98.
Poeta de la sombra del limonero en un patio de Sevilla, de los olivares en el camino, de la Soria que se asoma a Extremadura, de los campos de Castilla; leído e interpretado desde el sueño y la melancolía de los parques, desde la paz de los caminos y los sembrados en las colinas, desde el hastío de la tarde que languidece o desde el lamento, desde el presente o desde la intrahistoria, Machado puede leerse llanamente o desde las cumbres de lo símbólico.

Machado, Antonio, es en cualquier caso un poeta claro cuya poesía cuenta y evoca, predispone a la comunión del paisaje con el alma, del alma con la Historia y del individuo con su propia condición.

Yo lo leí siendo adolescente, cuando marchaba en bicicleta por los caminos de la huerta valenciana y me perdía en cualquier rincón. Pensaba en lo poco que tenían que ver aquellos paisajes a los que hacía referencia con la realidad que tenía ante mis ojos, pero pude recrear la Castilla que conocía a partir de sus palabras y reflexionar sobre la esencia de España. A la vez, quise ser también parte de esa melancolía en consonancia con el entorno. Quizá fuera al año siguiente, ya no lo recuerdo, cuando tuve la oportunidad de pasar una temporada en tierras burgalesas y entonces me topé con esos paisajes, con esas colinas, con el olor de los sembrados y de la madrugada.

A Machado y a los escritores del 98 se les atribuye la preocupación por la esencia de España, por su pasado y su presente. Desde entonces comencé a interesarme y a entender quiénes somos, cómo hemos caminado en la Historia y hacia dónde nos conduce nuestra condición de españoles. La reflexión de estos hombres no significó una influencia positiva para liderar un cambio de tendencia en la sociedad, mérito que quizá pueda atribuirse más la generación del 14, sino que condujo a la construcción de unos tópicos que están en el origen de la negativa visión que los españoles tenemos de nosotros mismos.

Esa reflexión, que está en la poesía de Campos de Castilla culmina en Juan de Mairena, la prosa en la que se perfilan las dos Españas que habrán de enfrentarse en duelo mortal como culminación del cainitismo que fluye en la sangre de quienes la habitamos.

Sea como fuere, releer a Machado siempre es grato. Su perfil se aparta de los caminos de la poesía moderna para configurar un universo único y singular, machadiano, el del poeta de torpe aliño que dibujó los caminos del pensamiento por los campos de Castilla. Volver a él es volver a recordar aquellas impresiones de mi adolescencia, pero es cierto que con el tiempo no descubro nada nuevo y, más allá de los logros que atesora, su lectura hoy es como abrir un baúl en el que vuelves a contemplar todos los objetos que guardaste un día.

Dejo un enlace para entrar en una antología del autor.

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