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lunes, 9 de junio de 2014

Ocho apellidos vascos.

Primero vi el trailer de la película y lo que más me llamó la atención fue ver a Dani Rovira rodeado de ikurriñas cantando "Euskadi tiene un color especial". Pensé: " Mira, el de los monólogos ha conseguido hacer una película". Y luego me sorprendió que el tema de la kale borroka fuese un elemento integrante de su argumento.
Durante días, fui escuchando el anuncio de la película en los medios de comunicación y no llegó a llamarme la atención, me parecía una película de humor montada a partir de una serie de tópicos y poco más.
Poco a poco, la gente de mi entorno comenzó a formar parte del público cada vez más numeroso que había visto la película.
-"Ah, sí. Y ¿qué tal?"
-"Genial, te partes de risa, tienes que ir a verla". 
La semana siguiente, y la siguiente, casi todo el mundo que conozco ya la había visto y además, en la radio, no sólo los programas de cine, sino también los de la tarde y los de los fines de semana, se dedicaron a promocionar la película a base de críticas amables y entrevistas a los protagonistas o al propio director.
¿Y yo no la había visto todavía? Había que poner remedio cuanto antes. El número de espectadores se duplicaba semana tras semana y los fragmentos que publicitaban, sobre todo en la radio, prometían muchas más risas de las que provocaban al escucharlos. Según decía la gente, era divertidísima.
Así que el miércoles por la tarde, justo antes del puente de la Comunidad de Madrid, fui a verla con mi mujer. Nos tomamos la tarde libre y luego, con apoyo de la familia, la prolongamos con la cena. Por cierto, el Atlético se clasificó para la final de la Champions tras ganar al Chelsea.
Esa tarde no había casi nadie en el cine, cosa rara, pero quizá se debiera a que hacía una tarde espléndida, a que era víspera de puente, a que había semifinales de Champions o a que todo el mundo la había visto ya. Bueno, eso en principio no era un inconveniente, yo me iba a comer las palomitas de todas formas y estaba dispuesto a reírme a mandíbula batiente.
Pero nada más lejos de la realidad.
La película empezó con una escena de confrontación muy directa en la un sevillano contaba chistes de vascos a partir de los tópicos que ya conocemos y entonces, de entre el público, salió una chica vasca vestida de faralaes ofendidísima y echando pestes sobre los andaluces y no recuerdo si también sobre los españoles. Bueno, eso da igual. Lo que no daba igual es que incomprensiblemente sacabaran en la cama. Había que mostrar el bonito culo de la chica, no quedaba más remedio, aunque la ocasión se frustrase.
Luego, recuerdo que esperaba reírme mucho, no dudaba que llegarían los momentos en que la chispa de Dani Rovira, el protagonista, se manifestase en todo su esplendor; ese momento lo vislumbré cuando atravesaba el túnel de entrada al  País Vasco, pero luego la película en su conjunto se fue apagando poco a poco.
Y es que los personajes que encarnan tanto Karra Elejalde como Carmen Machi carecen de entidad, son meros instrumentos para ensamblar un tópico tras otro, un chiste tras otro, insertados en escenas que resultan más cómicas cuando se escuchan que en la propia escena.
El mérito de la película estriba en haber elaborado un argumento en el que se mezclan los tópicos que tenemos todos sobre los vascos y los prejuicios que puedan derivarse de equiparar lo vasco con el nacionalismo radical. En este sentido, incluso se parodia el contexto abertzale mediante el esbozo de situaciones en las que se despejan los recuerdos de los años de violencia con el fin de quedarnos en la anécdota humorística.
Este aspecto ha traído como consecuencia que tanto víctimas del terrorismo como la propia militancia de la izquierda nacionalista se haya sentido molesta, pero no por ello se ha podido detener el éxito de la película en taquilla, consecuencia directa de una buena promoción en los medios afines a la productora y de la difusión que le ha dado la gente en la calle.