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jueves, 10 de mayo de 2012

Canción de despedida.


SECUENCIA PRIMERA.

Una melodía profunda y extraña sonaba oscura como la noche. En su mente, Martin la había sentido otras veces retumbar sobre timbales metálicos postrado en la cama o frente a la pantalla de su ordenador. Un hastío de meses de enfermedad y convalecencia fue creciendo a golpes de constancia hasta adueñarse del vacío de su cuarto entre sábanas sudorosas y una atmósfera densa y viciada. La realidad se alejaba tras la ventana y marcaba una distancia de inquietante espera salpicada de monólogos cansados y un llanto de incesante agitación en soledad.

SECUENCIA SEGUNDA.

El timbre de la puerta quebró el silencio y la quietud de la noche, precipitó el final de la melodía con la que Martin dormitaba recostado sobre el teclado de su ordenador. Al despertarse,  bajó las escaleras al compás de unas notas  cuyos ecos le acompañaron en su interior, paso a paso,  hasta perderse en el umbral de la puerta. Era Berta. Llevaba la luna en los ojos como la noche de su primer encuentro. Materializaba los deseos erigidos sobre las fotografías, los reportajes y las webs que acostumbraba a transitar; las aunaba y las trascendía a la vez hasta el punto de saber que la había estado esperando incluso antes de que surgiera de sus fantasías  frágil y voluble a sus sentidos. Un día, al caer la tarde salió de casa en busca de su imagen certera, loco de ansiedad, porque estaría allí, frente a la barra, enfundada en cuero hasta los tobillos, con su pelo negro egipciaco, misteriosa y sugerente como un desierto de lava, dispuesta a dar un último trago a su copa para después, volverse a templar en sus ojos la mirada. Finalmente, se acercaría  para decirle algo, aunque no lo entendiera, y juntos abandonarían el local en medio de una mística de ritmos que no cesarían hasta llegar a su apartamento. 

SECUENCIA TERCERA.

Entonces, como ahora, todo podría ser un sueño. Ciertamente venía a cumplir su promesa, indolente y enigmática, otra vez vestida de negro. Apenas podía percibir sus facciones ocultas tras la sombra que proyectaba su cuerpo bajo el foco de la entrada, aunque sí su voz vibrante: Eric esperaba. Ni siquiera en este instante podía sospechar el secreto que guardaba  ese halo de encantamiento que la envolvía. Fascinado y sin poder reaccionar, Martin la siguió amarrado a su cintura viajera, como sucediera aquella noche, hasta su apartamento, cuando Berta diluía su figura en el cuarto azul señalando caminos hacia un destino incierto. Sus manos sobre el manillar de la motocicleta proyectaban en la noche el recuerdo de los signos dibujados alrededor de su cuerpo, renovaban las formas que ensayara frente a él con la misma delicadeza con que la escuchaba, fascinado y en silencio, ahora que ambos podrían ser esencialmente la misma cosa.

SECUENCIA CUARTA

Berta dejó la motocicleta frente a los muros que flanqueaban el portón de entrada a la casa de Eric. Caminó unos pasos y permaneció durante unos segundos con la mirada perdida en la oscuridad de la noche. Martin observó durante unos segundos su figura recortada como una sombra sobre el horizonte, antes de pasar al recibidor de donde partían las escaleras que conducían al piso superior. Las recorrió lentamente mientras una música de réquiem inundaba las estancias y se apoderaba del tiempo. La puerta entreabierta del estudio dejaba escapar una luz tenue y rojiza, aunque dentro ninguna bujía la irradiaba. Al entrar, un impulso magnético lo empujó violentamente hasta el fondo y lo presionó contra la pared. Desde allí contempló con estupor los hologramas en los que Eric sonreía sarcástico. Instantes después, una impresión fulminante transformó su semblante en un gesto de estupor: ¿Qué hacía su fotografía allí? Cómo era posible que estuviera ante la imagen de Berta sobre su escritorio. Martin les llamó desesperado, necesitaba una explicación que no llegaba. Estaba solo ante el espanto. En el interior de la pared se arrastraba sigilosamente un bulto que poco a poco fue cobrando forma; subía, bajaba, oscilaba sin detenerse y sin definir claramente la dirección de sus movimientos hasta emerger de su fondo unas manos, unos rostros que avanzaban a ambos lados del estudio hacia donde él permanecía estático. Gemían, emitían gritos pavorosos que erizaban su piel y aceleraban su corazón. Martin sentía el frío del ladrillo y el cemento contra su espalda, su cráneo y sus extremidades, al tiempo que una fuerza inexplicable ceñía su cuerpo y tiraba de él hacia atrás, como si quisiera llevárselo. Su garganta se resecaba y su respiración jadeante iba adquiriendo un tempo más lento y resignado mientras el réquiem desplegaba su coral estremecedora. Lentamente, la visión fantasmagórica extendía sus espasmos cada vez más cerca, prolongaba sus manos extremadamente delgadas como una súplica quejumbrosa y fatal; luego, aquellos rostros, como blancas máscaras de plástico, se afanaron por romper el velo de pintura que los cubría y pronunciaron unos nombres en el momento en que cernían sus fisonomías sobre Martin.
En su cerebro, sonaba inocente y pueril una nana.  
                                                                                  

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