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sábado, 30 de junio de 2012

Effi Briest: la justicia de Instetten.

Cuando leí Effi Brist, confieso que no entendí la reacción de Instetten al saber que su mujer le había sido infiel. Me situé, eso sí, como hay que hacer con los numerosos ejemplos que nos brinda la Historia, en la época y en la sociedad en la que sitúa Fontane la acción de su novela, pero, aun así, su reacción fue fría, seguramente muy meditada y acorde con la moral en la que creía firmemente, fue tomada de una manera razonada dentro de una particular visión de la vida.
Pero traslademos a Instetten a la sociedad actual fuera del ámbito social concreto en el que vivía; imaginemos que seis o siete años después de que su mujer le fuera infiel él lo descubre, así, por casualidad. Podría ser que descubriera unas cartas, o unas notas, o mejor aún, imaginemos que descubre el contenido de unos emails, de unos mensajes o llamadas de móvil en los que queda patente la existencia de una relación amorosa. ¿Qué haría Instetten en ese caso?
Posiblemente sería razonable y destaparía a su mujer su secreto. Y quién sabe si la perdonaría o trataría de ser comprensivo con ella, quién sabe si trataría de conocer las razones de su infidelidad. Ella tendría que explicarle que la relación tuvo un final y que de todo aquello, que sería probablemente un error, ya no quedaba nada. Digamos que sería muy probable que la relación acabara en divorcio.
Sin embargo, la cuestión creo yo, no acaba ahí. Ella pudo hacerlo como respuesta a una insatisfacción vital, como le puede ocurrir a cualquier persona en esta o en aquella época y está claro, que, en términos generales está mal, si lo juzgamos desde la moral actual, pero es evidente que hay un factor que quizá Instetten no pudo pasar por alto, que quizá nadie pudiera pasar por alto.
Una compañera de trabajo me comentaba en una conversación distendida que tenía un amigo a quien su mujer engañó con un compañero de trabajo. Con el tiempo, su marido también fue compañero de ambos y acabó descubriendo la relación oculta, se separó y con los años se suicidó. Esta mala jugada del destino puede pasarle a cualquiera bien porque el amante sea un compañero de trabajo, porque sea un familiar o un amigo. Lo que quiero decir es que si nos pusiéramos en lugar de Instetten: ¿qué haríamos si conociéramos al hombre con el que tu mujer te ha sido infiel, cuando puede tratarse de un amigo, un familiar o un compañero de trabajo?
Si el marido es comprensivo con ella, con las causas que generaron su comportamiento, seguramente no le diría nada, no haría nada porque entendería que la relación ya había acabado y porque quizá no fuera conveniente exponerse públicamente. Todo quedaría en un incómodo "aquí no ha pasado nada", o en un "me he acostado con tu mujer, pero tú no lo sabes" y en un "te has acostado con mi mujer, pero crees que yo no lo sé".
Si el marido no tolera el comportamiento de su esposa, la reacción dependería de su educación y la imagino dentro de unos cánones de racionalidad en los que excluyo la violencia, por supuesto. Creo que el duelo a vida o muerte podría sustituirse por una conversación entre los dos, cara a cara, por un duelo dialéctico en el que expusiera el daño que le había causado y en el que le reprochase que su comportamiento había sido inmoral. Eso supondría una exposición pública parcial al romper ese silencio incómodo que ambos podrían haber mantenido, pero le dejaría, al menos, en una situación de superioridad moral. Todo acabaría ahí y ambos seguirían viéndose a diario aunque no intercambiasen saludos o miradas.
Cabría otra posibilidad, una alternativa que pasaría por el acoso. Podría aprovechar el silencio que ambos mantenían, según he expuesto arriba. Si conociera su número de teléfono o su correo electrónico o si llegase a conocer su residencia, tendría la posibilidad de tejer alguna sutil venganza porque no iba a ser quien había participado de la infidelidad quien se dirigiera a él para que le sacase de dudas: ¿eres tú quien me manda mensajes, quien escribe a mi correo, quien envía correspondencia a mi casa? Además, quien la hace una vez, la hace ciento; ¿por qué habría de ser el marido con quien se guarda de revelar su secreto el responsable de esos mensajes secretos?
Así que, entiendo que Instetten reaccionase así, porque al margen de la comprensión, si uno se siente ultrajado, tiene derecho a una reparación. ¿O no?

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