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lunes, 12 de noviembre de 2012

Sofá cama.

El día acaba de vuelta al apartamento después del último cigarrillo en la terraza con el que intento tomar un poco de conciencia de mí mismo.
Tras pasar al comedor, vuelve a repetirse la escena de la noche anterior tendido en el colchón supletorio de un sofá cama que reposa sobre unas lamas quebradizas. Qué vacío e inútil me siento al cabo de una jornada soleada de paseos en medio de una multitud decadente.
Me visto el pijama y me acomodo entre las sábanas bajo una manta envejecida, doblo la almohada y apoyo la cabeza sobre ella para leer un libro, pero apenas puedo descifrar su contenido a pesar de que lo subrayo con la intención de retener alguna idea. La televisión emite su paranoia nocturna, y tú descansas desde hace rato sobre el sofá, como los niños en su cuarto, con los ojos cerrados y el semblante agotado.
Poco a poco, abandono la lectura, apago la televisión y lentamente, sin apenas darme cuenta, comienzo a soñar un lecho de caricias sobre mi cuerpo.

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