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domingo, 21 de diciembre de 2014

Muerte y resurrección de Ardena.

Tu corazón dejó de latir,
pero tu sangre aún fluye por mis venas,
la sangre que irriga mis órganos
y otorga la vida que quisiste vivir,
la vida que irremediablemente me acompaña
y se dilata en fragmentos.

Miro tus pálidas manos

mientras te decoloras
bajo un rígido azul
que atrofia los huesos.
Tus dedos se corrompen
como el licor del último brindis
derramado sobre el sepulcro que contiene tu cuerpo. 

Me postro ante ti.  Estás muerta, Ardena,
pero resucitarás de los vapores
como el fuego fatuo.

¿Quién sostendrá tu esqueleto
sin llevarse los jirones de tu piel enamorada?
¿Quién podrá decir
que no amaste ni fuiste amada
bajo el almendro florido del invierno?

sábado, 26 de abril de 2014

Ardena en la Plaza de la Ciudad Vieja de Praga. III.

                                                                      III

La multitud se agolpa,
se congrega despacio
en medio de la plaza,
la convoca el desmayo de la tarde,
el toque de campana con sordina,
mientras tú compartías
la hora forastera
que musita tu nombre.

Eras niña y mujer
sentada a aquella mesa:
la casaca entallada
ceñía tu cintura
y cubría tus piernas la basquiña
tejida  por mis manos.

                (Asomaba el empeine
                  de tus pies nacarados
                  bajo el ribete rojo
                  de mis labios, tan firme
                  y delicado como una promesa
                  derramada en tu pecho).

Descansaba la tarde.
A través de tus ojos
fluían los espíritus que inflaman
el aire, se enlazaban
en tu boca minutos
inútiles de espera
como un relato vago,
solazado en penumbra.

Un desfile de autómatas,
apóstoles del tiempo,
rendía pleitesía ante tu imagen:
del occasus al ortus,
entre la aurora añil
y el crepúsculo ingrato,
entre el canto del gallo
y el lejano poniente,
coronaban tu efigie
virginal y risueña,
ofrecían su anillo
zodiacal como un halo
de lesa santidad.

Callabas entre círculos dorados,
meliflua y profunda.
Por mis manos corría
la sangre de tus venas
brotando de un latido
equívoco y errante,
cada vez más templado, cada vez
más distante, más frío,
    -no ensartaste el anillo,
    lo dejaste olvidado en tu regazo-.

Entonces, prendida en mi vanidad,
te volviste incorpórea
como el humo infecto de mis palabras,
como el vacuo y postrer
lamento que enjugaban
los almendros desnudos

Luego, te fuiste caminando
de la plaza que nunca
albergará la mística que encierran
tus cuidados. Dejaste mi ambición
ahogada en los posos del café
que no apuraste mientras
la muerte se anunciaba
entre la expectación
del gentío, segundo
a segundo, con tétrica sonrisa.

Nunca habrá más rutina
que el áspero recuerdo. 

lunes, 23 de diciembre de 2013

Ardena en la Plaza de la Ciudad Vieja de Praga. Niña y carnero.

II



Que tú fueras la niña,
simplemente con eso;
porque el tiempo está exhausto,
simplemente no existe
bajo la flor silente
del almendro. Que tú
fueras la niña, solo
con eso rondaría
el carnero a lamerte
desnudos, agostados
los huesos, en la noche
doliente en que no habita
el recuerdo. Serías
la niña, la doncella
con la piel del carnero.


Ardena en la Plaza de la Ciudad Vieja de Praga.

I

Sentado a la sobria mesa de la terraza
de un bar, ante un café
con hielo y un cigarro,
la tibia claridad del recuerdo
me sorprende, me asalta,
despierta tu sonrisa enigmática.

Vuelven a mi memoria los detalles
del primer encuentro
una tarde de julio como esta,
ante los modernistas esgrafiados
de la imperecedera
Plaza de la Ciudad Vieja de Praga.

Con atención los contemplabas
aunque pronto emprendiste el vuelo,
tan incauta, hasta el balcón
de piedra fosca del Ministerio de Comercio,
disuelta entre el clamor,
la indolencia y la fatiga de cientos
de turistas. Como en los cuentos,
yo quise ser tu príncipe 
y atender tu reclamo
y subir por la escala
a sofocar tu grito de socorro.
para llevarte en volandas
hasta el umbral del Kinsky.

Prendido en tu silencio,
tentado por el bálsamo rosado
de tus ojos de estuco,
dirigí mis intenciones
tras la senda vibrante de tus pasos.
Tornaste la mirada,
cordial y sincera,
acomodada en el delirio versallesco
de alguna ensoñación

aristocrática y frívola
y,entonces,
de entre los laberintos que trazaba
la multitud confusa se fraguó
la conjura husista.
Huimos entre el tumulto
cuando entraron en acción
los servicios secretos
de su Invictísima y Católica Majestad,
sin mirar atrás,
sin soltarnos de la mano,
y por San Wenceslao bendito
y por Jan Hus sacrificado
pedimos un milagro
por el que nos inmortalizamos
en los sagrados frescos
que adornaban su santa imagen.

¿Lo recuerdas, Ardena? 
Tú tomaste alguna foto.

lunes, 8 de abril de 2013

Espiral perversa.

Tres. Doce.

Una espiral perversa
contiene esta entelequia
banal e inconsistente,
huidiza y temerosa,
cercada por la insidia
de sus encrucijadas;
la espiral descendente
en la que se consumen
pasiones que perviven
en vigilias de lodo.

viernes, 5 de abril de 2013

Latido incesante.

Tres. Once.

Un latido incesante
de tu vientre y mi boca,
un espasmo violento,
nítido, transparente
como el agua del mar
azul que imaginamos
brota, emerge espontáneo
para sucumbir juntos
en la espiral perversa
de las ensoñaciones.

martes, 2 de abril de 2013

Profundos secretos.

Tres. Diez.

De ilusiones y ausencias

se nutren las jornadas
contemplando el estanque
que alberga tan profundos
secretos, el transcurso
irreversible y gélido
del tiempo que quisiéramos
detener, que se escapa
entre el espacio vago
de tu vientre y mi boca.

domingo, 31 de marzo de 2013

Dichas paralelas.

Tres. Nueve.

Henchidas de horizontes,
tu dicha y mi fortuna
discurren paralelas
en medio de este bosque.
Se remansan, al fin
tras perseguir certezas
entre las vaguedades
del tiempo, se fatigan
en una encrucijada
de ilusiones y ausencias.

sábado, 23 de marzo de 2013

Perfil sedente.

Tres. Ocho.

Un clamor de azucenas
brota de tu pecho
colmado de templanza
y tu imagen 
sedente
se perfilaba al borde
del estanque. Tu voz
me invitaba a cantarlo,
a acompañar su acorde
ornado de miradas

henchidas de horizontes. 

viernes, 22 de marzo de 2013

Delicados dedos.

Tres. Siete.

El invierno madura
bajo tus tiernas manos;
las yemas de tus dedos
han cubierto de hielo
las aguas del estanque,
la han poblado de notas
surgidas del recuerdo,
el miedo y la añoranza.
Se adormece el estanque
con tu arrullo de cierzo.


Voz sumergida.

Tres. Seis.

Completamente solos,
sin que nadie repare
en nuestra soledad,
la oscuridad se cierne
sobre nosotros. Hablo,
pero me falta aliento
y sé que tú me hablas
aunque tu voz se ahogue
sumergida en las aguas
dormidas del estanque.

Estanque helado.

Tres. Cinco.

Quietud de las tinieblas
sobre el estanque helado,
sereno y cristalino.
Solos en esa estancia,
espacio que enardece
la entelequia; dos prófugos
que huyen del hastío,
en medio del letargo,
resignados, tan solos,
completamente solos.

martes, 19 de marzo de 2013

Caricias tímidas.

Tres. Cuatro.

Sediento de dulzura,

sucumbo en tu regazo
a las caricias tímidas
de tus etéreas manos,
templadas por un viento
voraz de mediodías.
Luego, se desvanece
tu piel de plata y bronce
sobre la imperceptible
quietud de las tinieblas.

viernes, 15 de marzo de 2013

Besos tenues.

Tres. Tres.

Ataviada de besos
tenues como la luna,
generosa y amiga,
bañada por el agua
que corre entre las frondas
con su frágil murmullo
incesante y secreto,
tus brazos se entrelazan
sobre mi blando cuello
sediento de dulzura.

jueves, 14 de marzo de 2013

Gráciles palabras.

Tres. Dos.

Intangible e incorpórea,
detenida en el tiempo
como una ensoñación,
suspendida en el aire,
envuelves la mañana
de ardor e incertidumbre,
se encarnan en las sombras
las gráciles palabras
que surgen de tu boca
ataviada de besos.

martes, 5 de marzo de 2013

Verdes hojas.

Tres. Uno.

Sobre las verdes hojas
del bosque vas dejando
un reguero de aromas,
sutilezas, mensajes
de ternura infinita,
señales de tu vida
que interpretan mis ojos
mientras hago camino
prendido de tu mano
intangible, incorpórea.



miércoles, 27 de febrero de 2013

Azar.

Por qué el azar me trajo a ti,
qué ignota confluencia en aquel instante no medido,
qué caprichoso plan, qué extraño designio me condujo
hasta el desierto páramo en que florecen los almendros.
Quizá, en ese insignificante lapso
de indecisión ya sabía quién eras tú.

Tanta tierra quemada bajo los pies, tanta quimera,
tanta fabulación en torno a la mística del sueño
no sirvió sino para enterrar la vida en cada lance,
y se necesitó una inesperada coincidencia,
una simple renuncia bastó, fugaz e inconsistente
para desvelar tu identidad clandestina y encriptada.

Tu corazón ya era el mío,
tu pasado también era mi pasado y, sin embargo,
no supimos precisar las promesas y caricias
que imaginábamos, no supimos renunciar
a la costumbre.


miércoles, 13 de febrero de 2013

Aguas.

Dos. Nueve.

Discurren complacientes,
solitarios, dolientes, sinuosos,
remansando sus aguas,
Ardena, en los sombríos
recodos poblados de agapantos.



lunes, 11 de febrero de 2013

Manos.

Dos. Ocho.

En mis manos de espuma
musita una canción de caracolas
que puebla las veredas
antiguas y distantes
de dolientes meandros solitarios.






jueves, 7 de febrero de 2013

Alba

Dos. Siete.

El alba iluminaba
tu risa adolescente, se agitaba
en la brisa fecunda
naciente de tus labios,
condenada a perderse en el olvido.