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viernes, 26 de abril de 2019

Reservada y prudente.

Eres tan reservada y prudente
que hasta te guardas de decir lo que me amas.
Tu sonrisa dimana felicidad
cuando me ves aparecer,
cuando te miro o me acerco a ti
con alguna carantoña
o cuando te suelto alguna ocurrencia
aunque ya no te sorprendas.
Simplemente, agradeces el gesto
en cualquiera de sus formas
porque cuentas conmigo
y sabes que te amo.
No dices nada; lo pesado que resulto,
-empalagoso a veces,
demasiado previsible y tópico casi siempre-.
Tú, simplemente, callas y sonríes.
Así que, cuando dices que me amas,
cuando dices que me quieres mucho,
que me echas de menos,
entiendo que soy más que un chico majo
que ya peina los cincuenta,
entiendo que soy más que una buena compañía
con quien ver la serie de sobremesa,
más que un buen amigo con quien ir al cine
en versión original, más que un confidente
con quien compartir tus vivencias,
incluso más que un buen amante -eso espero-.
Cuando dices que me amas, que me echas de menos,
tu ausencia, esta soledad,
el vacío que dejas y el silencio que guardas,
todo cobra sentido,
hasta mi propia existencia.

jueves, 15 de junio de 2017

Tan cerca de mí, tan lejos de todo.

Mientras lees esa novela
bajo la sombrilla azul a rayas,
con tus gafas de sol tintadas
y tu sombrero de papel favorito,
tus pies remueven la arena
y la horadan continuamente
en un surco vertical que vas trazando
como si buscases el frescor
del agua filtrada.

Ensimismada en la lectura que sostienen tus manos,
apoyas el libro entre las piernas desnudas
y la tela del bañador que cubre tu vientre.
El mar colma los sentidos,
su incesante murmullo
envuelve cada línea, cada párrafo
que recorren tus ojos
y cuando te detienes y alzas la mirada,
y tus dedos acarician la piel de esa página,
me pregunto qué estarás pensando,
qué circunstancia, qué personaje
anida entre el horizonte y tus yemas
para dejarte anclada de una reflexión o de un recuerdo.
Pero yo me callo y permanezco en silencio.

La gente pasea con aire cansado.
Tú la observas con quietud y aparente indiferencia
y juegas con la esquina de esa página
que te cuesta pasar,
detenida en tus pensamientos,
entre el pulgar y el índice,
tan cerca de mí, tan lejos de todo.


lunes, 28 de marzo de 2016

Para prescindir de ti.


Para prescindir de ti
(perdona que lo exprese de este modo)
sería preciso retorcerle el sentido al pensamiento,
pensar, por ejemplo, que en tu ausencia
no se anula el tiempo,
que sigue siendo útil
para ocuparlo con proyectos. Y, si bien,
requeriría un aprendizaje
de días o semanas
en los que, centrado en mis quehaceres,
no sucumbiera a la añoranza
que entretiene mi mente
y paraliza mi cuerpo,
ya no penaría en la zozobra del recuerdo
al sentirme privado de ti,
ni me abordaría la inquietud
de saberte o dudarte
prendida en otros ojos.

Todo sería distinto

si aprendiera a prescindir de ti
porque aquella que recorre
los pasillos de mi casa,
quien entra en el salón
y se despoja del abrigo
sin colgarlo en la percha
(allí sobre la silla está bien,
todo junto, con el bolso, el gorro y la bufanda)
la que llega y directamente se sienta,
y pide agua, con el móvil
en la mano, las piernas cruzadas y la mirada
perdida en la pantalla,
esa no eres tú,
sino la idea de ti
que vaga alrededor en tu ausencia,
aquella que en el baño
perfila las pestañas y se peina,
o se ducha sin jamás cerrar la puerta.
No, no eres tú, sino la imagen de ti
sobre el sofá cuando te abrazas con la manta,
de ti, perdurable y constante
cuando te tumbas en la cama,
bocabajo, como siempre,
en silencio y me esperas.


lunes, 25 de enero de 2016

Paraíso.

No he pretendido jamás
el paraíso,
no he perseguido sus dones,
el idilio de sus frondas,
la apacible suavidad
de vergeles anhelados,
nunca subí por la escala
que conduce al firmamento
a ceñirme la armonía
de los astros y los cuerpos
celestes.

Yo camino, en todo caso,
en pos
del edén de la mañana,
que no se encierra en espacios
remotos, imaginados,
recónditos, ni soñados,
que no se fecha en el tiempo,
que no puede recordarse,
voy detrás de los vestigios
de los templos que se alzaron
en las cumbres de la nada,
de la verdad intangible
que nunca tendrá su forma,
de la pureza que anida
sobre una tierra latente
en un ignoto remanso.

Y así, sereno,
poco a poco, paso a paso,
me voy sumiendo en tu seno,
voy caminando la senda
que conduce a tu regazo,
y persigo tu mirada,
el sutil itinerario
que tus pupilas me enseñan,
el idilio de tus frondas,
la armonía de tus dones,
el jardín de la mañana,
las parcelas de tu piel,
los secretos de tu carne,
desplomarme sobre el tiempo
para sentir que es tangible
el edén en el que late
la inquietud de los remansos,
donde habita la pureza
de tus ojos y mis pasos.

martes, 26 de mayo de 2015

Renacimiento.


Sólo quiero vivir en paz,
renovar mi cuerpo desde el dolor causado,
desde el perdón que pido a voz en grito,
abrir mi casa de par en par
a la vida que resta por vivir
como un don que no merezco.

Y si he de vivir en este absurdo
con nuevo afán
para afrontar cada proyecto,
que no sea en vano,
que quienes me rodeen cada momento
crean que mi voluntad es sincera,
que está cargada de sentido
aunque haya de vivir en este absurdo.

Yo quiero redimir mi culpa
sin echar la vista atrás, quizá lo justo
y necesario, y arder en el fuego eterno
si es preciso, y ahogarme en el agua
de mi nuevo bautismo,
que anegue mis pulmones
y revienten cuando ya no puedan contener
su transparencia. Y cuando se renueve
mi alma desde el cimiento de las cicatrices,
quiero ascender desde el infierno
hasta las cumbres del paraíso
a esperar que llegue la hora,
a corazón abierto,
sin otro techo que el cielo de tus ojos.



sábado, 9 de mayo de 2015

Invocación.

Sobre esta playa, bella Doris, sobre la arena que templa
el sol del mediodía, al pie de tus aguas bautismales,
yo te invoco, diosa de la mar mediterránea,
para que emerjas desde tu abisal descanso
a socorrer a este proceloso marinero
en busca de su Argos.

Yo te conjuro, hermosa oceánide
de melodioso canto, a recibir
mi ofrenda al cobijo de los acantilados,
a beber melifluo néctar
y blanco jugo de mis manos.
Surca el mar coronada de corales rojos, acude rápido,
deslízate a través de las corrientes
cubierta con la túnica iridiscente
y atiende mi llamada.



viernes, 24 de abril de 2015

Cáliz de la aurora.

Busco la verdad
entre quienes me rodean,
el sentido de las cosas
que acontecen a mi alrededor,
quiero entender sus motivos,
los fines últimos
por los que se sucede
el arte de lo cotidiano.

Busco en mi casa vacía,
entre objetos que no me pertenecen,
entre multitud de proyectos ingratos
un palmo de tierra sólida
y firme sobre la que asentar
mi cuerpo inerte, mi mente cansada,
quiero encontrar el impulso que da sentido a la vida,
por el que todo se sucede.

Busco, pero no lo encuentro
si no es en ti,
cáliz de la aurora,
que brotas del invierno
en la planicie como una estrella,
como la verdad primera
desde el invisible remanso
del firmamento añil.

Ça va.

Bonjour, ça va!
Un susurro al oído
despereza la mañana
calada por el frío del invierno que comienza.

La luz de las calles
aún ilumina con intensidad esta hora temprana
y se calzan los zapatos de la gente
que transita con diligencia
camino del metro.

El tiempo apremia.
Me dispongo al trayecto
con mi última lectura,
a ritmo de cada estación,
una cuenta atrás interminable
-il en reste neuf, il en reste trois-
durante la cual te intuyo
y adivino tus ojos lectores detrás de cada página
o entre la multitud
ensimismada que surca los pasillos del metro.

En la calle,
todo me conduce a ti,
en la orilla turbadora de este amanecer,
en esta encrucijada en la que podría ensayar
un Comment ça va?,
como un guiño antes de subir a tu coucou de colección.

Todo podría ser un sueño
tras cerrar la puerta 
y ocupar mi asiento,
rumbo al este,
hacia el sol que apenas remonta el cielo,
le soleil que baña nuestros rostros
e ilumina las palabras.

Un sueño de abrigo y bufanda,
con gorro jaspeado,
en route, rumbo al este,
donde espera el mar que tantas veces contemplaste
para atrapar su incesante murmullo en una imagen.
Si todo fuera un sueño
qué agradable sería probar la sal de tus manos,
restañar las heridas de la memoria
en cada tramo que abandona el camino,
qué agradable sería
ataviar de besos tu perfil sereno
y transitar el horizonte de tu mirada
que se eleva sobre el asfalto.

evocar La Bohème
que musitan tus labios; ser el pintor
que matiza las líneas de tu cuerpo
-la ligne d'un sein, la ligne d'une hanche-
reclinada en la chaise long
entre sábanas de azul intenso.
Pasear por las calles de Montmartre
confundidos entre la multitud
y tomar un café dans ce bistro tras hacer un alto en el camino.

Si esto no es un sueño,
quién eres tú,
qué cuerpo suplanta mi voluntad,
qué inquietud agita mis huesos
tensa mis manos.

Al pie de la playa
sopla un aire frío y violento.
Quise asirme de tu brazo,
sentir la maravilla de tu cuerpo,
pero no sabía aún quién eras,
ni qué magia envolvía
ese instante breve e intenso
en el que volaron los besos
justo antes de partir
rumbo al oeste sumergidos en un sueño.



No diré que te amo.

No diré que te amo
mientras me hierva la sangre al contacto
de tu mano amiga;
que mantienes sonriente la mirada
y acaricias mis dedos
sin apenas esperar de mis labios
la aurora que se anuncia,
el horizonte vasto que se calla.

No diré que te amo,
no perderé el segundo de un abrazo
en el que derramemos
a un tiempo el corazón;
no, no malgastaré
el tiempo mientras tenga
la certeza de ser,
de estar, de vivir plenamente en ti.

Así, mientras contengas mis sentidos
prendidos de tu voz consoladora,
de tu mirada viva,
de tu tacto sereno
poblado de caricias,
de tus besos sinceros
y del aroma fresco de tu piel,
nunca diré te amo,