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domingo, 17 de abril de 2016

El espíritu de la negociación.

El panorama político actual es francamente interesante, sobre todo después de las última elecciones generales en las que el Partido Popular ha vuelto a ganar.
Del llamado arco parlamentario ha surgido una diversidad previsible como reflejo del cansancio de los españoles ante la vieja política y como fruto del desgaste de unos y otros después de los años duros de crisis económica.
Sorprende que el Partido Popular haya vuelto a ganar, no así la pérdida de votos y escaños como consecuencia de las medidas tomadas por la crisis económica, la traición a sus votantes tras el incumplimiento del programa electoral y los numerosos casos de corrupción. Sin embargo, no debemos perder de vista el hecho de que, a pesar de las medidas impopulares, el Partido Popular ha vuelto a sacar a España de un verdadero atolladero después de que explotara la burbuja económica en la que vivíamos fruto de las políticas que ellos mismos y el Partido Socialista han llevado a cabo a lo largo de los años de democracia.
El Partido Socialista ha obtenido el peor de los resultados de la democracia ya que no ha podido reponerse de las consecuencias nefastas del gobierno Zapatero así como tampoco ha sido capaz de desarrollar un rumbo coherente como partido socialdemócrata; todo lo contrario, más bien ha emprendido una senda zigzagueante en busca de una nueva identidad de izquierdas que no ha sabido perfilar nítidamente. Asimismo, se ha dejado seducir por los nacionalismos, sobre todo en Cataluña para rectificar finalmente justo cuando el proceso independentista parecía imparable.

Está claro que de la pérdida de votos de los partidos tradicionales que se han alternado el poder se han beneficiado Podemos y Ciudadanos, los llamados partidos emergentes. Podemos ha logrado generar un discurso coherente desde la base del 15M, del hartazgo de la sociedad que más está sufriendo la crisis y del desgaste del sistema político actual. Además de no tener antecedentes para sufrir un desgaste de votos, se ha nutrido de los votantes radicales nacionalistas en favor de la autodeterminación, lo cual explica el aumento de los votantes en los últimos comicios.
Respecto a Ciudadanos, su entrada en el Congreso ha sido un éxito a pesar de que se esperaba que fuera mayor el apoyo que recibiera de los votantes. Quizá su papel como partido indefinido entre la izquierda y la derecha tradicionales y el sello que se le ha puesto de marca blanca del PP, no le ha permitido despuntar de la misma forma que lo ha hecho Podemos, que ha fagocitado el voto de la antigua Izquierda Unida.

A unos y a otros se les ha llenado la boca diciendo que hay un nuevo tiempo para la política, para la regeneración del sistema democrático, para el diálogo abierto, para ser capaces de pactar, de entenderse, de tomar la política como la plataforma para solucionar los problemas de los ciudadanos al margen de las ideologías, de las líneas rojas y sin embargo, ¿qué tenemos después de la designación por parte del Jefe del Estado del candidato para la formación de un gobierno? Lo mismo de siempre.

El Partido Popular ha querido pactar, no estoy muy seguro, sobre la base de su programa y ha pretendido que el resto de partidos constitucionalistas se sumen a sus medidas sin tener en cuenta el contexto de corrupción en el que se han visto implicados algunos miembros de su aparato político;
El Partido Socialista se ha negado, desde el primer momento en que Rajoy fue designado por el Rey como candidato, a pactar con el Partido Popular sin que conozcamos otras razones más allá de la conocida oposición típica entre la izquierda y la derecha, cuando la mayoría de los ciudadanos somos conscientes de que hay más puntos en común entre estos dos partidos de los que se pretende escenificar como verdaderos. Parece que conviene tener un oponente que batir desde un punto de vista electoral para seguir teniendo una posición en el panorama político;
Podemos se niega a pactar si está en ese pacto Ciudadanos y estos, a su vez, se niegan a pactar si ocurriera lo mismo con Podemos.

¿Qué ha ocurrido entonces? Que Socialistas y Ciudadanos han llegado a un acuerdo que se basa en el desarrollo de más de 200 puntos con los que pueden dar salida a una serie de medidas que satisfarían las expectativas de su militantes y, por ende, de muchos millones de votantes. Pero han llegado a una vía muerte una vez que ni el Partido Popular, porque no estarían en primera fila en ese pacto, habiendo ganado las elecciones, ni Podemos, por no poder pactar con partidos de derechas, según ellos, van a sumarse a ese pacto.

¿Qué está ocurriendo, por tanto? Que ese espíritu nuevo de negociación, esa segunda transición, esa España nueva, ese nuevo estilo de hacer política se ha quedado en mera palabrería. Esa actitud que parecía que iba a caracterizar una nueva etapa y a unos políticos nacidos en democracia está brillando por su ausencia y parece que las esperanzas de cambio en la capacidad negociadora de los líderes actuales se están desvaneciendo incluso entre aquellos que, como Rivera o Iglesias, han subrayado tanto en esta necesidad.

Los españoles estamos, después de cuatro meses, en una situación de estancamiento, de punto muerto, tras la cual se abre un nuevo turno electoral que poco o nada va a aportar como novedoso. Seguro que muchos votantes se sentirán frustrados o decepcionados y puede que muchos opten por abstenerse en lugar de perder el tiempo acudiendo a las urnas, porque, al fin y al cabo, el país funciona. Puede que muchos otros vuelvan a votar lo mismo porque estén convencidos de que lo hacen por la mejor opción para su país. Y puede que el espíritu de la negociación, ese nuevo estilo de hacer política, se desvanezca poco a poco hasta el punto de decantar a los votantes por las opciones tradicionales que en la elecciones del 20D habían desestimado. Sea como fuere, todo esto confiere a los españoles el papel de espectadores de un fracaso, de una farsa en la que sigue primando ser de izquierdas o de derechas y no cuáles son las necesidades de los ciudadanos.

sábado, 13 de octubre de 2012

La Hispanidad de los españoles.

El día de la Hispanidad de 2012 pasará a la historia por su singularidad debido a un conjunto de factores que a cualquier foráneo le resultarían difíciles de entender.
Para empezar, algunos exhiben banderas preconstitucionales, un eufemismo para referirse a las enseñas franquistas; otros, los republicanos, no se dejan ver porque ellos no tienen nada que celebrar. Se conforman, o se conformaban, al menos hasta hoy, con aparecer en otro tipo de manifestaciones, quizá más reivindicativas.
En segundo lugar, por seguir un orden, algunos ayuntamientos de Cataluña y creo que algunos del País Vasco, han decidido que, como la hispanidad no va con ellos (no sé qué tipo de postjuicio tendrán al respecto), abren sus puertas igual que en el resto de España no se celebra la Diada de Cataluña.
En tercer lugar, otros sectores sociales han convocado manifestaciones paralelas para expresar no sólo que no tienen nada que celebrar sino también para denunciar las masacres y las injusticias ejercidas sobre los pueblos indígenas de América.
Por último, este año, el desfile ha sufrido un recorte lógico y ha quedado deslucido al no contar con la presencia de los carros de combate, aviones y otros efectivos. Al menos, no ha habido abucheos, como en los últimos años; por otra parte, parece que el rey ha reprobado al ministro Wert y al gobierno por sus declaraciones en torno a la educación en Cataluña. Aquéllos que utilizan al rey para quemar su imagen o para disparar sobre ella tienen hoy la oportunidad de manifestarse a favor de la intervención del monarca en cuestiones políticas dentro del exiguo margen que se le asigna a la Casa Real.
Otros nos hemos quedado en casa. No por nada; de pequeño y de mayor me gustaba ver el desfile y hoy en día, con motivo de nuestra parcial reconciliación con la bandera tras los éxitos de los ejércitos balompédicos, exhibo la bandera en el balcón de mi casa cuando el calendario lo marca. Existen todavía demasiados prejuicios contra los símbolos de España, un mal que arrastramos desde el final del franquismo. Desde luego, resulta evidente que no hemos sabido manejar esta cuestión de manera que a nadie le hiera que otro manifieste su españolidad siendo español. España se ha desdibujado en favor de las autonomías y no se ha empleado en educar el espíritu nacional en función de los nuevos tiempos, mientras que algunas autonomías lo han hecho a través de los medios públicos, encargados de adiestrar al pueblo y encaramarlo en la cumbre de su singularidad. Se ha creado un abismo de desconfianza y odio entre autonomías y el gobierno de la nación. Mientras sigamos sin atar bien el estado y sin educar a los ciudadanos en el funcionamiento y manejo de las instituciones, haremos un flaco favor a la consolidación de España como uno de los estados más antiguos de Europa.
De Hispanoamérica hoy no toca hablar. No ha llegado aún el gobierno que se decida a estrechar los vínculos y a cooperar activamente. Las cumbres anuales sirven de poco mientras no se intente generar una entidad similar a la Commonwealth.

martes, 11 de octubre de 2011

Defensa de la Hispanidad.

En 1934, Ramiro de Maeztu escribía su Defensa de la Hispanidad con la intención de revalorizar el papel jugado por España en la Historia y la finalidad de contribuir a la construcción de un proyecto que situara a la nación a la altura de los ideales que, según él, inspiraron la España Imperial. No se trata del Maeztu que reprochara a los españoles haber sacrificado su futuro por Dios y la Iglesia, una vez ocurrido el Desastre del 98, sino de aquel otro, que sin haber abandonado el espíritu cristiano que siempre le acompañó, colaborara con sus ideas al afianzamiento de las corrientes tradicionalistas, conservadoras y fascistas que se prodigaron durante la Segunda República.
         La Hispanidad no necesita nuevas cruzadas ni nuevas misiones evangelizadoras, pero, sin entrar a valorar las tesis defendidas por Maeztu, que son producto de un contexto histórico y de una evolución personal concretos, creemos que la Hispanidad necesita hoy en día reforzar su identidad para construir sobre ella un futuro más próspero. Una identidad conseguida tras un recorrido de quinientos años en los que se ha consolidado una cultura diferenciada, por ejemplo, de la anglosajona o del islam, por citar algunos. La Hispanidad es lo que es y negarlo sería de necios.
         Por eso creemos que no se debe apelar al concepto que define nuestra identidad en vano y menos para hacer Patria desde el paternalismo, sino en todo caso desde la hermandad de todos los hispanoamericanos sostenida sobre tres grandes pilares: el temporal, el espacial y el lingüístico.
En cuanto al eje temporal, nadie duda de que la Historia constituye el primer signo de identidad de los pueblos y naciones puesto que los consolida como comunidades definidas a través de una serie de hitos reconocibles por todos y ante todos. La memoria que éstos tienen de sí mismos es fundamental para darles continuidad y proyección futura, aun en tiempos de decadencia, y es preciso que las lecturas revisionistas de los acontecimientos pasados se hagan desde la complacencia y con un espíritu crítico necesario para concluir políticas comunes de progreso, expurgando miedos y complejos derivados de quienes difundieron la leyenda negra. Nuestra historia común no puede olvidarse, frivolizarse o pasarse por alto como si fuera algo prescindible o indigno; tampoco puede nadie en nombre de ninguna ideología apropiarse de ella porque no está sujeta a la exclusividad  de ninguna clase social ni de ningún partido político. La Hispanidad no puede reducirse a preceptos simplistas para apelar a su unidad. De modo que frente a la unidad, proponemos la comunidad
         En segundo lugar, la Hispanidad es fruto de un proceso de expansión territorial iniciado desde la península ibérica cuyos límites ha impuesto la historia a lo largo de los siglos. Ese ámbito, en el que podemos reconocer las huellas de nuestros antepasados, conforma la segunda de nuestras señas de identidad y debe entenderse como el hogar en el que quepan todos los hispanos sin distinción. Bajo este principio, los flujos migratorios sucedidos en el pasado con dirección a América y los que se producen en la actualidad hacia España, deben observarse como necesarios y enriquecedores para todos y no como un peligro. La Hispanidad se sustenta en la pluralidad de sus pueblos y naciones y en la diversidad cultural por encima de preceptos homogeneizadores. Es más, cruzado el umbral del siglo XXI, la Hispanidad debe ser la casa donde quepan todos aquellos ciudadanos del mundo que quieran convivir con nosotros y compartir nuestra cultura.
         Por último, la Hispanidad tiene en el español el signo más evidente de su identidad. A través de él se expresan y se comunican unos cuatrocientos millones de personas que expresan una manera de entender el mundo. Una lengua común compartida por tantas naciones se transforma necesariamente en un lazo de unión de primer orden que debe cuidarse y potenciarse sin ningún tipo de reparo, sobre todo cuando el español, hoy en día, debe soportar el empuje que ejercen otras lenguas cultural y económicamente dominantes.
         Así pues, defendemos la Hispanidad y reconocemos en nuestros semejantes a los “espíritus fraternos... que habrán de cantar nuevos himnos”, la defendemos de los “que apedrean las ruinas ilustres... o empuñan la daga suicida”; la defendemos con la Esperanza del que entonara en su día por ella un saludo optimista.