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sábado, 20 de abril de 2013

Fetiche.

La puerta de casa se cerró. Como alguna otra mañana, antes de ir al trabajo, aprovecharía esos veinte minutos de margen antes de despertar a los niños para regalarse un poco de sexo; así que, con cierta premura se despojó del pijama y de la ropa interior, abrió el cajón de la mesita de noche, cogió el sujetador y se ciñó el pecho. No contaba con mucho tiempo. Se sentó sobre la cama y reclinó su cuerpo con la cabeza apoyada sobre el cabecero mientras sus manos comenzaban a moverse con impaciencia entre su pecho y su sexo, primero tímidamente y después con firmeza al ritmo de una excitación creciente que agitaba su vientre y tensaba sus piernas. Así, se dejó llevar impulsado por la imagen de su cuerpo desnudo ante el espejo del armario hasta liberar la tensión que encerraba dentro de sí desde tanto tiempo, ahogada en un gemido quebrado sobre la almohada.
Después, reposó unos segundos, guardó el sujetador en el cajón de su esposa y se dispuso a la rutina de llevar a los niños al colegio. Ese día ya no se iría de putas.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Banalidad.

Estuvieron durante casi una hora haciendo el amor, cubriéndose de caricias y besos, alimentando el deseo con cada respiración, estremeciéndose entre jadeos y susurros vertidos sobre la piel.
Tras unos instantes en los que permaneció desplomado sobre Julia, Carlos se echó a un lado de la cama mientras ella miraba hacia la ventana con la misma vaga intención con la que extendía las manos hasta su pelo y enredaba sus dedos en él, trazando círculos de banal complicidad.
Ninguno de los dos dijo nada; y en medio del silencio, después de todo, comprendió lo poco que le importaba la mujer que yacía a su costado. 

lunes, 12 de noviembre de 2012

Sofá cama.

El día acaba de vuelta al apartamento después del último cigarrillo en la terraza con el que intento tomar un poco de conciencia de mí mismo.
Tras pasar al comedor, vuelve a repetirse la escena de la noche anterior tendido en el colchón supletorio de un sofá cama que reposa sobre unas lamas quebradizas. Qué vacío e inútil me siento al cabo de una jornada soleada de paseos en medio de una multitud decadente.
Me visto el pijama y me acomodo entre las sábanas bajo una manta envejecida, doblo la almohada y apoyo la cabeza sobre ella para leer un libro, pero apenas puedo descifrar su contenido a pesar de que lo subrayo con la intención de retener alguna idea. La televisión emite su paranoia nocturna, y tú descansas desde hace rato sobre el sofá, como los niños en su cuarto, con los ojos cerrados y el semblante agotado.
Poco a poco, abandono la lectura, apago la televisión y lentamente, sin apenas darme cuenta, comienzo a soñar un lecho de caricias sobre mi cuerpo.

domingo, 15 de julio de 2012

Maniquíes.

No soy esa clase de personas a las que les guste pasear por los corredores de los centros comerciales y detenerse de vez en cuando a contemplar los escaparates, pero reconozco que el de M&W' Secret consiguió que cada vez que pasara delante de él me detuviera unos segundos o caminara más despacio de lo habitual para deleitarme con sus maniquíes.
Había, en concreto, uno de cuerpo entero que figuraba una mujer exquisita, casi real, de mirada penetrante y seductora cuyo pelo negro reposaba en sus hombros. Exhibía un conjunto de ropa interior opalino con ribetes plateados que se ceñía grácilmente a su piel de plástico. Las cintas del sujetador abrazaban sus hombros resaltando sus clavículas y su desnudo torso. Por debajo del ombligo, la línea elíptica de las braguitas recorría sus caderas y dejaba sus nalgas expuestas a la mirada de los curiosos. Me excitaba tanto que por momentos lograba concentrar los sentidos en su cuerpo: mis manos retiraban los rizos que descansaban en su hombro, o se posaban sobre su cintura mientras mi boca se fundía en su boca entreabierta. Hubiera dado cualquier cosa por que despertara de su estatismo.
Poco a poco, visitar aquel escaparate se convirtió en una necesidad hasta el punto de que no dejaba pasar un día sin verla. Entonces, comencé a concebir la idea de sustituir a Elisa, mi viejo maniquí,  por ella y en convertirla en mi nueva dama de compañía.

jueves, 5 de julio de 2012

"Ma Dame".

Era una tarde muy calurosa del mes de agosto. Aparqué el coche en el pequeño descampado a la sombra de un enorme eucalipto al otro lado de la tapia, apagué el aire acondicionado, paré el motor y salí del vehículo sin quitarme las gafas de sol. El aire quemaba y sentía que los pies me ardían a cada paso que daba. La verja estaba abierta; tan sólo me separaban cincuenta metros hasta llegar al pórtico lateral y cruzar el pasillo de la única nave que conducía hasta su imagen. Me postré ante ella e incliné el rostro mientras cerraba los ojos y juntaba las manos junto a mi pecho. Permanecí así durante unos instantes y después levanté la mirada hasta su inmaculada forma. Entonces, ella, que amamantaba a un niño, lo depositó sobre una cuna de esparto que había a su derecha, comenzó a descender con los pechos desnudos, sin flexionar las rodillas, sin mudar el rostro que esgrimía una candorosa sonrisa, y se detuvo delante de mí. Durante unos segundos eternos, permanecí inmóvil e indeciso; luego, mis manos temblorosas se elevaron hasta sus pechos y mis dedos acariciaron el aura de sus pezones. Mantuvo la mirada inmutable, pero no su cuerpo; se dirigió hacia mí salvando un banco de madera y se sentó sobre mis rodillas como una amazona. Finalmente, extendió los brazos alrededor de mi cuello y entregó generosa el don de su gracia para atender mis súplicas.

domingo, 3 de junio de 2012

Semáforos.


No sabía si debía acudir a la cita. La relación estaba rota y consideraba que indagar en las causas de la ruptura más de lo que lo habían hecho no conduciría a nada. Se habían intercambiado varios emails durante la mañana en los que se mantuvo inflexible: no accedería. Pero en el último momento, justo antes de salir del trabajo, cambió de opinión.
Siete y cuarto. Plaza Castilla esquina con Bravo Murillo. Ésa era la propuesta. Pero llegó tarde. Aparcó el coche en zona azul, puso el tique sobre el salpicadero y se dirigió con presteza al punto de encuentro. Ella no estaba. Permaneció allí durante media hora y, al fin, se marchó convencido de que se lo habría pensado mejor.
Volvió al coche. Tomó Bravo Murillo en sentido Plaza Castilla. El tráfico era lento y tuvo que detener su vehículo un par de veces ante el mismo semáforo, de manera que aprovechó para revisar la acera donde había quedado por si ella apareciera de repente en el último momento.
Y así fue. La llamó, gritó desesperado su nombre y extendió los brazos fuera de la ventanilla todo lo que pudo, como si quisiera alcanzarla, en el momento justo en que un autobús que trataba de salvar el semáforo en ámbar le arrancaba de cuajo el antebrazo izquierdo.

viernes, 1 de junio de 2012

Elektrón.





Esa mañana lo intentó una vez más, como tantas noches antes, una vez más como en tantas ocasiones.
Hastiado, aburrido de masturbarse, desgastada su imaginación entre los sueños eróticos y la pornografía, había dado el salto a la prostitución como vía de escape más realista, había flirteado con varias mujeres a las que convirtió en sus amantes. Pero amaba a su esposa. La deseaba.
Amanda salía de la ducha. Se había despojado del albornoz y entraba a la alcoba en donde él desmontaba un interruptor. En el momento en que ella se vestía la ropa interior, se aproximó a sus espaldas y la rodeó con sus brazos. Una vez más, los rechazó con desagrado. Entonces, guiado por un impulso de rabia y frustración, se retiró, se acercó de nuevo al enchufe y se desabrochó los pantalones para introducir su miembro duro y erecto en él.
Aquél fue, sin duda, su orgasmo más eléctrico.