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viernes, 28 de febrero de 2014

Antonio Machado.

Se han cumplido 75 años de la muerte de Antonio Machado allá, en el exilio de Colliure, en la Cataluña francesa y he sentido la necesidad de escribir algunas palabras de homenaje a este escritor sevillano que puso voz a Castilla como trasunto de la malograda España del 98.
Poeta de la sombra del limonero en un patio de Sevilla, de los olivares en el camino, de la Soria que se asoma a Extremadura, de los campos de Castilla; leído e interpretado desde el sueño y la melancolía de los parques, desde la paz de los caminos y los sembrados en las colinas, desde el hastío de la tarde que languidece o desde el lamento, desde el presente o desde la intrahistoria, Machado puede leerse llanamente o desde las cumbres de lo símbólico.

Machado, Antonio, es en cualquier caso un poeta claro cuya poesía cuenta y evoca, predispone a la comunión del paisaje con el alma, del alma con la Historia y del individuo con su propia condición.

Yo lo leí siendo adolescente, cuando marchaba en bicicleta por los caminos de la huerta valenciana y me perdía en cualquier rincón. Pensaba en lo poco que tenían que ver aquellos paisajes a los que hacía referencia con la realidad que tenía ante mis ojos, pero pude recrear la Castilla que conocía a partir de sus palabras y reflexionar sobre la esencia de España. A la vez, quise ser también parte de esa melancolía en consonancia con el entorno. Quizá fuera al año siguiente, ya no lo recuerdo, cuando tuve la oportunidad de pasar una temporada en tierras burgalesas y entonces me topé con esos paisajes, con esas colinas, con el olor de los sembrados y de la madrugada.

A Machado y a los escritores del 98 se les atribuye la preocupación por la esencia de España, por su pasado y su presente. Desde entonces comencé a interesarme y a entender quiénes somos, cómo hemos caminado en la Historia y hacia dónde nos conduce nuestra condición de españoles. La reflexión de estos hombres no significó una influencia positiva para liderar un cambio de tendencia en la sociedad, mérito que quizá pueda atribuirse más la generación del 14, sino que condujo a la construcción de unos tópicos que están en el origen de la negativa visión que los españoles tenemos de nosotros mismos.

Esa reflexión, que está en la poesía de Campos de Castilla culmina en Juan de Mairena, la prosa en la que se perfilan las dos Españas que habrán de enfrentarse en duelo mortal como culminación del cainitismo que fluye en la sangre de quienes la habitamos.

Sea como fuere, releer a Machado siempre es grato. Su perfil se aparta de los caminos de la poesía moderna para configurar un universo único y singular, machadiano, el del poeta de torpe aliño que dibujó los caminos del pensamiento por los campos de Castilla. Volver a él es volver a recordar aquellas impresiones de mi adolescencia, pero es cierto que con el tiempo no descubro nada nuevo y, más allá de los logros que atesora, su lectura hoy es como abrir un baúl en el que vuelves a contemplar todos los objetos que guardaste un día.

Dejo un enlace para entrar en una antología del autor.

www.blogger.com/blogger.g?blogID=2085027000534899576#editor/target=post;postID=8926500042587286581;onPublishedMenu=allposts;onClosedMenu=allposts;postNum=0;src=link

sábado, 19 de enero de 2013

La catedral del mar. Ildefonso Falcones.

La catedral del mar (2006) fue la primera novela del abogado Ildefonso Falcones (Barcelona, 1959).


Se trata de un libro escrito con la intención última de servir de homenaje a la ciudad de Barcelona, ciudad en la que vive y trabaja, pero no lo hace a la Barcelona próspera de hoy, sino a la ciudad que se expandía en pleno siglo XIV hacia el mar. De ahí el título de la novela. La catedral del mar es la Santa María del Mar que fuera levantada por el pueblo de Barcelona, por los pescadores de Barcelona gracias a sus aportaciones económicas.

La acción comienza en 1320 y acaba en 1384; por tanto se desarrolla en el siglo de la expansión de la Corona de Aragón por el Mediterráneo (ya había conquistado las Islas Baleares) y son estos, precisamente, los años en los que se construye el templo.
Sin embargo, el espacio, el tiempo y los personajes cobran un valor simbólico al final de la novela, quizá durante la lectura de la misma uno se da cuenta de que la historia que lee va más allá. La novela pasa de ser un homenaje a Barcelona para ser un homenaje a Cataluña; y qué mejor para homenajear a un pueblo que hablar de sus instituciones, de sus costumbres, de su grandiosa historia, la de su siglo de oro y que el argumento lo protagonicen personajes de la más diversa índole y condición social. Todos los gremios, todos los estamentos y todas las clases sociales tienen cabida en mayor o menor medida en sus más de 650 páginas.
La catedral del mar tuvo un enorme éxito, fue y es un best seller que cuenta la vida de Aranu Estanyol, hijo de un fugitivo que tuvo que abandonar sus propiedades por culpa de los abusos a los que se vieron sometidos él y su mejor por parte del señor feudal en virtud de los Usatges vigentes. Se trasladó del campo donde vivía a la ciudad de Barcelona en donde pasaría desapercibido con su hijo. Éste será el protagonista de la historia en la que con la catedral de fondo y los acontecimientos históricos que se van relatando, de los que la ciudad en su conjunto es partícipe, Arnau vive años de esfuerzo y trabajo hasta que consigue alcanzar en su madurez una estabilidad no exenta de incertidumbre pues siempre planean sobre él las sombras de su pasado y las insidias de quienes quieren hundirlo después de haber triunfado y reconocido por la sociedad barcelonesa.
Los personajes se conocen a través de sus actos y sus diálogos más que a través de las descripciones que el narrador hace de ellos. No gozan de gran profundidad ni matices, responden a un patrón previo que los clasifica casi de modo maniqueo; de esa manera sabemos que son instrumentos de la narración para hacerla avanzar en el tiempo interno de la novela sin que interesen de manera especial sus inquietudes individuales, sino su manera de actuar sobre los acontecimientos.
La novela está estructurada en 60 capítulos que se distribuyen con diferente longitud en cuatro bloques: Siervos de la tierra; Siervos de la nobleza; Siervos de la pasión; Siervos del destino; Nota del autor.
La trama va enlazando la historia y la peripecia de los personajes con habilidad si bien el predominio de los primeros, que a veces aparecen derramados con cierta intención didáctica, van cediendo poco a poco terreno a los segundos. En cualquier caso, la lectura se hace ágil y dinámica ya que, como sucede con la mayoría de los éxitos de ventas, dosifica bastante bien los elementos folletinescos para atrapar al lector con instantes de aventura, sentimentales e incluso patrióticos.
Detrás de la novela, hay un gran trabajo de documentación histórica y, quizá porque a Falcones le parezcan algunos episodios demasiado novelescos, introduce al final esa nota del autor en la que justifica su relato haciendo mención de las fuentes que ha utilizado.
Con todo, la novela está bien escrita y bien trenzada; para los amantes del relato histórico es una buena ocasión para conocer, aunque sea de soslayo, una parte fundamental de la historia de la Corona de Aragón a través del papel principal que jugó Cataluña durante el siglo XIV al extenderse por el Mediterráneo.
Una buena excusa por tanto para leer relajadamente, quizá como hice yo este verano pasado aunque no sé si me interesará tanto su segunda novela, La mano de Fátima, basada en la rebelión de las Alpujarras en Granada durante el siglo XVI. A ver si alguien puede inducirnos a su lectura.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Siddharta. Hermann Hesse. (1877-1962). Filosofía budista para la vida

La primera vez que oí hablar de Hermann Hesse (Calw (Alemania) 1877- Montagnola (Suiza) 1962) fue a mi hermano. Por aquellos años cumplía el servicio militar y encontró en la lectura de este magnífico autor un refugio en el que templar sus inquietudes vitales y su rechazo por la sociedad moderna. Curiosamente, mi hermano nació el año que Hesse murió, no deja de ser una casualidad, pero a él le gustaba decirlo como si hubiese encontrado en ese autor un referente moral y un espejo en el que mirarse.
Años más tarde me regaló unas cuantas de sus novelas y algunos relatos de ese autor. Yo tenía 19 años y entonces no llegaba a entender el significado de tan valioso regalo. No obstante, mi hermano Joaquín, un alma inquieta, intelectual y pintor autodidacta, supo transmitirme el valor de aquellas lecturas y por ello me inicié en las mismas. Tanto su mítica novela El lobo estepario (1927) como Demian (1917) dejaron en mí una honda impresión en su momento, pero luego dejé a un lado al autor, si bien volví a releer ambas novelas, y ha sido ahora cuando me he reencontrado con su literatura filosófica. Confieso que fue mi contacto con el Reiki lo que me acercó al mundo hindú y el hecho de que la doctrina budista tenga aspectos comunes con el cristianismo.
En Siddharta, en alemán Siddartha (1922) se relata el viaje del hijo del brahman en busca de la felicidad, en busca de la sabiduría, en busca de la integridad del hombre como ser humano, y en busca de la esencia de las cosas.
Cuando abandona a su padre, se une a los Samanas con su amigo Govinda para vivir lejos de todo lo material, para emprender un camino de pobreza en el que sólo se espera aquello que la vida va proporcionando. 
Pero la vida meditativa exenta de necesidades materiales no le satisface plenamente y por eso abandona a su amigo y a los Samanas para buscar al Buda en un peregrinaje en solitario que le reportará una experiencia amorosa con la princesa Kamala, de cuya mano conocerá los placeres y la paternidad. Al cabo de los años, nada de lo que ha vivido parece que le haya llenado plenamente.
Sin embargo, de Kamala aprendió

"que no se puede recibir placer sin darlo; que todo gesto, caricia, contacto, mirada, todo lugar del cuerpo tiene un secreto que al descubrirse produce felicidad al entendido. También le dijo que los amantes, después de celebrar el rito del amor, no pueden separarse sin que se admiren mutuamente,sin sentirse a la vez vencido y vencedor; de ese modo ninguno de los dos notará saciedad, monotonía, ni tendrá la mala impresión de haber abusado o de haber padecido abuso."

Esta enseñanza formará parte del bagaje con el que decide continuar su periplo de eremita asceta. Abandona a Kamala y también la vida que llevaba entregada a los placeres mundanos. Su alma entrará en una crisis de la que le salva un fortuito encuentro con su incondicional amigo Govinda. Siddharta no rechaza la experiencia vivida, aunque la considere imperfecta o impropia de alguien que aspira a alcanzar la sabiduría y resume así su vida antes de afirmar: "He tenido que pecar para volver a resucitar".

"De chiquillo sólo oía hablar de dioses y sacrificios. De mozo sólo me entretenía con ascetas, pensamientos, meditaciones, buscando a Brahma, venerando al eterno ATMAN. Ya de joven seguí a los ascetas, viví en el bosque, sufrí calor y frío, aprendí a pasar hambre, aprendí a vencer mi cuerpo. Entonces la doctrina del gran Buda me pareció una maravilla; sentí circular en todo mi interior todo el sabor de la unidad del mundo, como si se tratara de mi propia sangre. No obstante, tuve que alejarme del mismo Buda del gran saber. Me fui y aprendí el arte del amor con Kamala, el comercio con Kamaswami; amontoné dinero, lo malgasté, aprendí a contentar mi estómago, a lisonjear mis sentidos. He necesitado muchos años para perder mi espíritu, para olvidarme del pensar y la unidad."

¿Adónde quiere llegar Siddharta después de vivir tantas experiencias mundanas, después de haber meditado y vivido en la pobreza y en la riqueza? ¿Cómo es posible que ni el mismo Buda le satisfaga para culminar su camino de perfección?

En el tramo final de la novela, durante una conversación con Govinda, Siddharta trata de explicarle el sentido de su peregrinación y las conclusiones a las que había llegado. Para él la vida es una búsqueda que cada cual debe afrontar con las herramientas de la experiencia personal. A menudo nos empeñamos en buscar aquello que nos haga feliz, a menudo nos empeñamos en seguir aquello que nos proporciona placer o sacia nuestros sentidos o nuestras aspiraciones, queremos cambiar las cosas que no nos gustan y queremos ajustarlas a nuestros deseos, pero muy a menudo no nos percatamos de que en ese empeño no vamos a encontrar nada que esté a la altura de nuestro patrón ideal y de hecho, la mayoría de las veces, no encontramos nada porque nos negamos a desembarazarnos de ese ideal que nos daña. El secreto no está en buscar sino en encontrar. Ese encuentro significa que hay miles de razones para disfrutar de lo que nos rodea, de quienes nos rodean, porque en esos seres y objetos hay motivos para admirar sus cualidades y porque en lo que nos parece imperfecto ya se haya la semilla de la perfección que anhelamos.

"El pecado y la santidad son los dos extremos de una misma cosa."

Pero ese hallazgo no es posible compartirlo con los demás de una manera efectiva la mayoría de las veces. Se trata de un aprendizaje que no podemos transmitir de forma completa a través de las palabras, que sólo podremos experimentar a partir de la meditación, de la propia experiencia con nuestro entorno y de nuestra capacidad para comprenderla.

"La sabiduría no se puede comunicar con palabras, hay que vivirla y lo contrario de cada verdad es igualmente cierto."

Entre el Samsara y el Nirvana, entre la ilusión y la verdad, entre la imperfección y la sabiduría hay muchos matices que negamos, que no admitimos quizá porque tendemos a simplificar la realidad sin apreciar sus valores intermedios.
En definitiva, Siddharta aprende que no hay nada completamente bueno o completamente malo, y que lo único se necesita para estar en paz consigo mismo, en paz con los demás es comprender la naturaleza de las cosas para poder amarlas en su esencia.

"En el pecador (...) ya está presente el Buda, su futuro ya vive en él."

"Todo necesita únicamente mi afirmación,  mi conformidad, mi comprensión amorosa; entonces es bueno para mí y nada podrá perjudicarme. He experimentado en mi propio cuerpo, en mi misma lama, que necesitaba el pecado, la voluptuosidad, el afán de propiedad, la vanidad, y que precisaba de la más vergonzosa desesperación para aprender a vencer mi resistencia, para instruirme a amar al mundo, para no comprarlo con algún mundo deseado o imaginado, regido por la perfección inventado por mí, sino dejarlo tal como es, amarlo y sentirme feliz de pertenecer a él."

El resto de la novela, la vida que comparte con Vasudeva o con su propio hijo lo dejo para que los lectores lo descubran con la esperanza de que disfruten de la novela de este escritor alemán, nacionalizado suizo y premio Nobel de Literatura en 1946.

Tuve ocasión de visitar en 2001 la Selva Negra y entonces comprobé que Calw estaba cerca de donde nos alojábamos, en Niederbegisbach, un pueblecito del municipio de Herrischried. No podía dejar pasar la oportunidad de visitar la casa donde vivió Hermann Hesse. Allí, mi mujer y yo nos tomamos un refresco a media tarde y nos hicimos unas fotos. En aquel momento, hubiera querido que mi propia imagen se hubiera podido suplantar por la de mi hermano a quien, sin duda, le hubiera encantado haber estado allí. Es curioso cómo los lugares que para nosotros son significativos se cargan de un especial magnetismo, de cierta magia cuando los visitamos. Aquél fue uno de ellos.

Siddharta. Hermann Hesse.
Editores mexicanos unidos. 6ª edición, abril 1982.
Traducción de Carmen Grossi.

lunes, 16 de julio de 2012

Rima XXXIII. Gustavo Adolfo Bécquer. (1836-1870)

Rima XXXIII  

Es cuestión de palabras, y no obstante 
ni tú ni yo jamás,
después de lo pasado, convendremos
en quién la culpa está.
¡Lástima que el Amor un diccionario 
no tenga donde hallar 
cuándo el orgullo es simplemente orgullo 
y cuándo es dignidad!

La rima XXXIII de Bécquer, con esta alternancia de versos heptasílabos y endecasílabos y rima asonante en los pares, expresa de una manera sencilla el dilema de distinguir el orgullo de la dignidad.
En cualquier relación de pareja, hay discusiones y desavenencias, palabras y reproches mutuos, situaciones en las que se pone a prueba la capacidad de ambos para superar las divergencias. Pero hay casos en los que, como puede leerse en el poema, los hechos pueden superar a las palabras, a las razones esgrimidas, a las excusas, a la capacidad de comprender al otro, a la empatía. Hay casos en los que lejos de solucionarse las diferencias, se agravan, el tiempo las hace crecer en lugar de cicatrizarlas, las enquista en lugar de hacerlas desaparecer.
El amor es un sentimiento que nace de la aceptación del ser amado más allá de lo que nos resulta gratificante, más allá de lo que esperamos de él, más allá de lo que nos fascina. Quizá una parte de la magia resida en lo que convierte a esa persona en un ser diferente. Y, sin embargo, cuántas veces son esas diferencias las que van abriendo una brecha que con el tiempo se hace insalvable, cuántas veces, a pesar de la conciencia que tengan ambos de ese abismo que se abre entre los dos, a pesar de las veces que hayan tratado de ello, acaban convirtiéndose en un problema sin irresoluble.
Estaríamos de acuerdo si dijéramos que el perdón es la clave para mantener a flote la pareja cuando ésta nos decepciona, cuando quebranta las bases sobre las que se asienta la relación. Por profunda que sea la decepción, considero que si hay amor, hay perdón, y hay perdón cuando se siente el alma en paz, cuando uno está en paz consigo mismo, cuando ha desterrado los complejos, cuando se siente seguro de sí mismo y es capaz de ver en el otro al ser humano capaz de errar en el camino, cuando comprende que aquello que tanto le ha hecho daño podría haberle sucedido a él también. Si no es así, hay resentimiento y rencor, y hay orgullo.
Como tal, el orgullo es un sentimiento que nace de la seguridad de siente uno mismo a partir de saber quién es y a dónde ha llegado, cuando se reafirma en las sus propias convicciones y no sólo no está dispuesto a cambiar, sino que cualquier otra propuesta alternativa pudiera resultarle ineficaz o errónea. Por eso no damos nuestro brazo a torcer y por eso nos podemos sentir, por unos instantes, el ombligo del mundo, cerrando nuestra mente y nuestra alma a entender cualquier propuesta o actitud como inviable, nefasta o equívoca desde una perspectiva moral o meramente práctica. El orgullo es un error en la pareja; ¿lo es la dignidad?
No, por supuesto. Ni en la pareja ni en ningún ser humano sea cual sea su condición. La dignidad está relacionada con el respeto al prójimo y siempre que se veja, se burla, se ridiculiza o se desprecia a alguien, se está profanando su dignidad. En el entorno de la pareja, la dignidad puede perderse atendiendo a las causas enumeradas arriba, pero, volviendo al poema, puede sentirse como una cualidad irrenunciable cuando se vulnera desde la infidelidad. Nos dice el diccionario de la RAE que digno es:

1. adj. Merecedor de algo.
2. adj. Correspondiente, proporcionado al mérito y condición de alguien o algo.
3. adj. Que tiene dignidad o se comporta con ella.
4. adj. Dicho de una cosa: Que puede aceptarse o usarse sin desdoro. Salario digno. Vivienda digna.
5. adj. De calidad aceptable. Una novela muy digna.

Si atendemos a las aclaraciones que nos proporciona la Lengua, hay situaciones inaceptables para la pareja cuando uno de sus miembros no se siente merecedor de recibir una respuesta o un trato determinados, cuando una situación resulta absolutamente inasumible para uno de ellos. Sentirse indigno ante la actitud o el comportamiento de la persona con la que compartes el día a día es, por tanto, una certidumbre irreprochable y lógicamente subjetiva que nace de los principios y valores que esa persona se ha marcado en la vida. Así que, la dignidad, según esto, se sitúa por encima del amor o el perdón y, por tanto, no tiene que ver con el orgullo visceral o la cabezonería; se trata de una cualidad que no debe perderse nunca y es, a mi juicio, una de las causas por las que la pareja puede romperse sin atender a las palabras, a las razones de peso o a la capacidad de comprender o incluso perdonar.
Y, por cierto, la culpa es mutua.

lunes, 2 de julio de 2012

Primavera en Fialta. Vladimir Nabokov. (1899-1977)

Primavera en Fialta es un cuento en el que quizá nada sea real. Fialta no existe, pero pudiera ser real, pudiera ubicarse, pero no sabemos con certeza en dónde. Fialta pudiera ser la ciudad de los sueños. Y como en los sueños, Fialta se desdibuja entre las brumas de una primavera que es la concepción de una esperanza que alimenta el tiempo. Incluso, la primavera quizá no sea más que un deseo que nunca se hace realidad.
Su protagonista y narrador es un hombre casado al que le gusta perderse por las calles de esa "isla de felicidad" que flota junto a él, que lo atraviesa y sin embargo transcurre a su alrededor para dejar que el sueño fluya.
Ese sueño es Nina, una mujer casada con la que se encuentra aquí y allá, en diferentes ciudades a las que él se desplaza en viaje de negocios. Nina se perfila en la mirada de Víctor durante quince largos años, ("me resulta difícil encontrar la palabra justa para calificar nuestras relaciones"), y así, cada nuevo encuentro es una rememoración del pasado, de cada nuevo encuentro y del momento en que el sueño dio comienzo, cuando Nina ya estaba prometida.
Nina camina apoyada en su hombro, muy pegada a él, actúa con gran naturalidad, ríe y se divierte; y entre los pasos que juntos marcaron en la nieve, apenas si puede rescatar del recuerdo que él "la estaba besando en el cuello suave, ardiente por el calor de la larga piel de zorro que adornaba su abrigo", que entonces ella se aferró a sus hombros y "con el candor tan peculiar en ella, gentilmente unió sus labios generosos y sumisos" a los suyos. Pero apenas si se concocían. Víctor la acompaña adonde ella vaya, pero no sabe por qué no le presta la atención que él quisiera, quizá porque, como ocurre con los sueños, a veces son inalcanzables.
La segunda vez que se encontraron fue en Berlín, después del éxodo de Rusia. "Inmediatamente quedó claro para todos (...) que habíamos estado mucho tiempo en relaciones íntimas; no había duda de que había olvidado todo lo relativo al beso, pero en cierto modo debido a aquel encuentro trivial, tuvo una vaga idea de amistad tibia y agradable que en realidad jamás había existido entre los dos. Así el cuadro total de nuestras relaciones estaba engañosamente basado en una amistad imaginaria..., que no tenía nada que ver con su ocasional buena voluntad". Víctor sabe cuáles son las barreras de su sueño mientras para Nina el sueño podría ser la vida misma, una vida en la que experimenta la naturalidad de sus actos, sus deseos. Por eso, cuando le presenta a Elena, su mujer, y ella a su futuro marido, Ferdinand, sintió "una ridícula punzada de dolor", el dolor de una vida frustrada, de un sueño que no acaba de hacerse realidad. Para Nina, sin embargo, la vida es otra cosa. Tras su tercer encuentro casual, ella subió al vagón y desapareció tras los cristales "habiéndose olvidado súbitamente, o pasado a otro mundo". Luego, cayó en la cuenta de que ellos seguían en el andén y se asomó "audible y real".
Más tarde vino París, en donde Víctor, siempre fiel acompañante, se dejó llevar sin voluntad alguna hasta su cuarto para acabar deambulando por las calles de la ciudad. Así se fueron sucediendo los encuentros, cada vez más efímeros y menos reales hasta convertirse en un anhelo que se plasma como excusa en los objetos, en los ambientes, en otras mujeres: "una y otra vez aparecía raudamente al margen de mi vida, sin influir en lo más mínimo su contexto básico".
Llega un momento en que dudamos que Nina sea de carne y hueso pues parece que cualquier motivo pueda evocarla, hacerla presente. Y entonces, él la esperará toda una noche en su cuarto, sediento y salvaje ante la idea de su "furtiva presencia". Pero ella no acudió. Víctor ni siquiera se atreve a reprocharle su ausencia, se limita a comunicarle su vacío, ante el cual Nina guarda silencio, guarda las formas y se cuida de que su marido no sospeche nada.
Y mientras el tiempo pasa entre encuentro y encuentro, entre sueños nocturnos y llamadas por teléfono, Nina se integra en la vida cotidiana como un paréntesis, como un capítulo apócrifo durante el cual, no hablaban de nada: "como nunca pensábamos el uno en el otro durante los intervalos de nuestro destino; pero cuando nos encontrábamos, la vida pacífica se alteraba inmediatamente, todos sus átomos se recombinaban y vivíamos en otro intermedio más ligero, que se medía no por las largas separaciones sino por aquellos escasos encuetros en los que una corta y supuestamente frívola vida, se formaba así artificialmente. Y con cada nuevo encuentro me fui volviendo más y más aprehensivo; no, no experimenté ningún colapso emocional interno, la sombra de la tragedia no se cernía sobre nuestras reuniones, mi vida matrimonial seguía siendo inalterable, mientras que por otro lado su ecléctico marido ignoraba sus relaciones casuales". (...) Me fui haciendo más aprehensivo porque algo hermoso, delicado y que no volvería se estaba desperdiciando".
Víctor llega a plantearse su existencia, la razón de ser de Nina como sueño inalcanzable, y la razón de ser de su esposa y sus hijas: "¿Había alguna oportunidad práctica de vida con Nina?" Víctor presiente que está viviendo una situación absurda y, sin embargo, no entiende por qué cada vez más se siente invadido por la tristeza, una tristeza acumulada tras cada uno de sus encuentros "aparentemente despreocupados".
Nina, finalmente mortal, se cubre de una racionalidad mezquina y deja de latir como un deseo intenso, pero Víctor no buscó esa salida; simplemente nunca supo conjugar la vida y el sueño, la realidad y el deseo.

http://www.cuentosinfin.com/primavera-en-fialta/

sábado, 30 de junio de 2012

Effi Briest: la justicia de Instetten.

Cuando leí Effi Brist, confieso que no entendí la reacción de Instetten al saber que su mujer le había sido infiel. Me situé, eso sí, como hay que hacer con los numerosos ejemplos que nos brinda la Historia, en la época y en la sociedad en la que sitúa Fontane la acción de su novela, pero, aun así, su reacción fue fría, seguramente muy meditada y acorde con la moral en la que creía firmemente, fue tomada de una manera razonada dentro de una particular visión de la vida.
Pero traslademos a Instetten a la sociedad actual fuera del ámbito social concreto en el que vivía; imaginemos que seis o siete años después de que su mujer le fuera infiel él lo descubre, así, por casualidad. Podría ser que descubriera unas cartas, o unas notas, o mejor aún, imaginemos que descubre el contenido de unos emails, de unos mensajes o llamadas de móvil en los que queda patente la existencia de una relación amorosa. ¿Qué haría Instetten en ese caso?
Posiblemente sería razonable y destaparía a su mujer su secreto. Y quién sabe si la perdonaría o trataría de ser comprensivo con ella, quién sabe si trataría de conocer las razones de su infidelidad. Ella tendría que explicarle que la relación tuvo un final y que de todo aquello, que sería probablemente un error, ya no quedaba nada. Digamos que sería muy probable que la relación acabara en divorcio.
Sin embargo, la cuestión creo yo, no acaba ahí. Ella pudo hacerlo como respuesta a una insatisfacción vital, como le puede ocurrir a cualquier persona en esta o en aquella época y está claro, que, en términos generales está mal, si lo juzgamos desde la moral actual, pero es evidente que hay un factor que quizá Instetten no pudo pasar por alto, que quizá nadie pudiera pasar por alto.
Una compañera de trabajo me comentaba en una conversación distendida que tenía un amigo a quien su mujer engañó con un compañero de trabajo. Con el tiempo, su marido también fue compañero de ambos y acabó descubriendo la relación oculta, se separó y con los años se suicidó. Esta mala jugada del destino puede pasarle a cualquiera bien porque el amante sea un compañero de trabajo, porque sea un familiar o un amigo. Lo que quiero decir es que si nos pusiéramos en lugar de Instetten: ¿qué haríamos si conociéramos al hombre con el que tu mujer te ha sido infiel, cuando puede tratarse de un amigo, un familiar o un compañero de trabajo?
Si el marido es comprensivo con ella, con las causas que generaron su comportamiento, seguramente no le diría nada, no haría nada porque entendería que la relación ya había acabado y porque quizá no fuera conveniente exponerse públicamente. Todo quedaría en un incómodo "aquí no ha pasado nada", o en un "me he acostado con tu mujer, pero tú no lo sabes" y en un "te has acostado con mi mujer, pero crees que yo no lo sé".
Si el marido no tolera el comportamiento de su esposa, la reacción dependería de su educación y la imagino dentro de unos cánones de racionalidad en los que excluyo la violencia, por supuesto. Creo que el duelo a vida o muerte podría sustituirse por una conversación entre los dos, cara a cara, por un duelo dialéctico en el que expusiera el daño que le había causado y en el que le reprochase que su comportamiento había sido inmoral. Eso supondría una exposición pública parcial al romper ese silencio incómodo que ambos podrían haber mantenido, pero le dejaría, al menos, en una situación de superioridad moral. Todo acabaría ahí y ambos seguirían viéndose a diario aunque no intercambiasen saludos o miradas.
Cabría otra posibilidad, una alternativa que pasaría por el acoso. Podría aprovechar el silencio que ambos mantenían, según he expuesto arriba. Si conociera su número de teléfono o su correo electrónico o si llegase a conocer su residencia, tendría la posibilidad de tejer alguna sutil venganza porque no iba a ser quien había participado de la infidelidad quien se dirigiera a él para que le sacase de dudas: ¿eres tú quien me manda mensajes, quien escribe a mi correo, quien envía correspondencia a mi casa? Además, quien la hace una vez, la hace ciento; ¿por qué habría de ser el marido con quien se guarda de revelar su secreto el responsable de esos mensajes secretos?
Así que, entiendo que Instetten reaccionase así, porque al margen de la comprensión, si uno se siente ultrajado, tiene derecho a una reparación. ¿O no?

jueves, 11 de agosto de 2011

Insolación. Iván Bunin (1870-1953).

Cuando llegué al lugar de la cita, ella no estaba. Hacía calor y la plaza permanecía desierta. Anduve unos pasos hacia la derecha buscándola con cierta ansiedad y luego los deshice para otear al otro lado. Pensé que quizá la encontraría bajo la sombra de algún árbol protegiéndose de un sol de justicia que caía a plomo a las cinco de la tarde.
Y entonces, descubrí su silueta; recogidas las piernas sobre el banco en el que estaba sentada, alzó la mano y al cabo de unos segundos se levantó y echó a correr hacia mí para fundirnos en un abrazo. La acompañé hasta el banco en el que había dejado el libro que estaba leyendo y, tras comentarlo brevemente, iniciamos una larga conversación sobre Literatura y Pintura. Resultó extraño porque no era la primera vez que nos enredábamos en esa madeja, y, sin embargo, hacía una hora "ni siquiera sospechaba de su existencia". Era como si hubiera nacido para mí en ese instante. Me propuso visitar alguna pinacoteca, pero entonces el azul con que adornaba sus ojos, a juego con el vestido, me había embaucado y no quise perder la ocasión de seguir contemplándolos el tiempo que fuera posible.
Después le propuse tomar algo y ella aceptó. Nos acomodamos en una mesa a la sombra de una acacia y proseguimos la conversación, esta vez vertida en aspectos más personales mientras saboreaba una cerveza. Ella prefirió un helado que se tomó sin ninguna prisa hasta dejar que se derritiera sobre el plato. Durante un tiempo que no podría precisar, la tarde se llenaba de voces y ajetreo y comencé a perder contacto con la realidad, me sentí ficción, inquietante ficción a su lado y quizá yo no era quien soy en realidad ni ella fuera quien yo quería que fuese.
Lamenté no tomar sus manos entre las mías, no ceñir su cintura mientras paseábamos por la umbría vereda. Recuerdo que me pidió un beso y, al rozar sus mejillas, levantó el vuelo y se mezcló entre las notas de un redentor y melancólico saxo que entonaba una balada.
Esa tarde fui consciente de que "lo que había pasado allí, no había pasado antes ni sucedería de nuevo". Fui "consciente de haber envejecido diez años".


Iván Bunin, escritor ruso premio Nobel de Literatura en 1933, escribió el relato titulado Insolación.

es.scribd.com/doc/94757083/BUNIN-El-Pastor-y-Otros-Relatos#outer_page_23 

lunes, 11 de julio de 2011

Effi Briest y el deshonor.

La Literatura Realista europea, empeñada en criticar a la clase social que la vio nacer, tan fotográfica, tan descriptiva, tan empírica y tan moralista, recurrió a la mujer como uno de los elementos fundamentales para lograr sus objetivos más allá de lo literario y, de hecho, podemos afirmar que por sí misma se constituyó en objeto de análisis, de modo que protagonizó títulos como Madame Bovary, La Regenta o Ana Karenina, entre otros.
Como denominador común, ya sea en el contexto burgués, altoburgués o aristocrático, subyace la crítica a la hipocresía de una sociedad conservadora que no tolera comportamientos al margen de la moral dominante, como por ejemplo, la infidelidad conyugal.
En esta línea se sitúa la obra maestra del realismo alemán, Effi Briest,(1893) de Theodor Fontane (1819-1898).
Effi se casa con Geert von Instetten quien le dobla la edad y es un desconocido para ella. Como esposa de un alto funcionario de la administración, le sigue en sus traslados, tiene una hija y vive cómodamente sin demasiados alicientes hasta que conoce al comandante Von Crampas. La relación se intuye, pero no se explicita hasta que años después su marido descubre las cartas que se escribían y las citas que mantenían a escondidas. A pesar de que la relación había concluido al trasladarse la pareja a Berlín, Instetten decide zanjar la cuestión a través de un duelo como consecuencia del cual muere Crampas.
El conflicto, resuelto en frío, con la misma frialdad con que el narrador nos va describiendo la sociedad prusiana, presenta el dilema moral con igual objetividad, sin hacer juicios de valor.
Instetten reflexiona: "Quiero a mi mujer por extraño que parezca y me siento inclinado a perdonarla". Entonces, por qué no lo hace si han pasado siete años y tan sólo él es conocedor de la relación, ya acabada, que mantuvieron Effie y Crampas. Porque, según sus propias palabras, "en la vida social se han establecido unas leyes de convivencia (...) y nos hemos acostumbrado a juzgarlo todo en virtud de esas normas, a juzgar a los demás y a nosotros mismos".
Instetten siente el peso de la moral en la que cree y no va a permitir pasar por alto una cuestión de deshonor en la que él mismo es víctima, juez y verdugo.
Al transmitir a Wüllersdorf su deseo de batirse en duelo y su petición de que sea su padrino, ya ha hecho pública la ofensa y hace una interesante reflexión que hoy en día podría parecer exagerada sin que por ello sea menos razonable:
>>>"Pero el secreto ya no existe. Y aunque fuera la discreción personificada y pudiera guardarlo ante los demás, usted ya lo sabe, y el que me haya dado la razón y me haya dicho que lo entiende, no me protege contra usted. Desde este mismo momento, y ya no hay vuelta atrás, sería objeto de su compasión, algo que no es nada agradable, y cada palabra que me oyera intercambiar con mi mujer estaría sujeta a crítica. No podría evitarlo, y cuando mi esposa hablara de fidelidad o se dedicara a juzgar a otras, como acostumbran hacer las mujeres, usted no sabría dónde mirar. Y si al abordar uno de tantos casos de ultraje u ofensa del honor, yo adoptara una actitud benevolente "porque no ha habido voluntad de dolo" o por algo parecido, la sombra de una sonrisa cruzaría su rostro, o cuando menos sus labios se contraerían de forma involuntaria, y pensaría para sus adentros: "El bueno de Instetten tiene una verdadera pasión por examinar todos los componentes químicos de los ultrajes y nunca encuentra una cantidad de ofensa que resulte suficientemente dañina, porque a él nunca le daña nada...", ¿Tengo o no razón, Wüllersdorf?".
Lejos hoy en día de considerar la venganza como una vía expiatoria, Instetten, a quien le pesa haber tomado esa decisión que cree adecuada, por otra parte, reflexiona en estos términos:
>>"Debería haber quemado las cartas, y el mundo nunca se hubiera enterado de nada. Y cuando ella hubiese llegado, sin sospechar lo que había pasado, tendría que haberle dicho: "Este es tu lugar", y a nivel íntimo me habría separado de ella. Pero no ante el mundo. Hay tantas vidas que no son vidas reales, hay tantos matrimonios que no son matrimonios reales... Se habría acabado para mí la felicidad, pero ahora no viviría acosado por esa mirada interrogante y esa afable, silenciosa acusación".
Instetten dio categoría de público a lo privado y una vez que toda la maquinaria se ha puesto en marcha, la sociedad debe actuar como se espera de ella. Hasta los padres de Effi reniegan de su hija, hasta su propia hija ha aprendido a no quererla.
Effi sabe que se ha equivocado, pero sabe muy bien en qué mundo vive:
>>"Me repugna pensar en lo que hice, pero más me repugna aún toda vuestra virtud".
Así que, yo me pregunto si la infidelidad es justificable, hasta qué punto uno puede controlar las situaciones que conducen a la infidelidad, si uno puede o debe retroceder y controlarse, si deben tomarse estos bretes como un signo del fin del matrimonio o si son el motivo que debe conducir a un cambio interno en la pareja, por supuesto siempre que se comunique, como paso previo a la separación definitiva en caso de que la relación no se reconduzca.
Quizá tampoco se piensa hoy en día en cómo queda nuestra imagen cuando confesamos este y otro tipo de situaciones íntimas en las que nos vemos envueltos. Quizá no se hace porque vemos en nuestro confidente a un alter ego que nos va a ayudar a reflexionar en voz alta. Sin duda lo hará y sin duda será así, pero nunca sabremos del todo qué se guarda para sí de la opinión que le merecen nuestros actos porque el código de comportamiento aconseja mostrar ante todo comprensión, nunca crítica.
Y es que siempre habrá ocasión de ser políticamente correctos. Porque la moral es la costumbre, un hábito desdeñable y carente de toda virtud.

martes, 8 de febrero de 2011

Luis Alberto de Cuenca.

La semana pasada nos visitó, en el I.E.S Pintor Antonio López, el poeta y erudito Luis Alberto de Cuenca, quien a partir de hoy es miembro de la Academia de la Historia.
No pude disfrutar de la elocuencia de sus palabras ni de su afectado verbo, no exento de naturalidad, durante la hora y pico que duró su presencia en el salón de actos pues el deber me tenía deparado otros quehaceres, pero sí pude escucharle recitar tres poemas que comentó con gran sencillez ante un público adolescente que dejó al autor, al término de su intervención, satisfecho por el animado turno de preguntas que hubo en la parte final de su recitación.
Luis Alberto de Cuenca, poeta que evoluciona desde el culturalismo, de la mano de su coetáneo Luis Antonio de Villena, destaca por considerar que cualquier tema es materia poetizable y que cualquier palabra encaja en un poema, si se sabe hacer con gusto.
Comentó que su obra acaba de aparecer en una antología de la colección Castalia Didáctica muy útil para el profesorado. Yo tenía otro libro, Los mundos y los días. Poesía 1970-2002, publicado en Visor Libros, en el que aparecen los poemas que leyó, todo hay que decirlo, de memoria.
A mí me gusta el Luis Alberto de Cuenca que poetiza las difíciles ralaciones de pareja de la postmodernidad por la ironía y el humor que emplea, no exento de desencanto. Hoy dejo esta muestra para los que seguís el blog.

SONETO DEL AMOR DE OSCURO

La otra noche, después de la movida,
en la mesa de siempre me encontraste
y, sin mediar palabra, me quitaste
no sé si la cartera o si la vida.

Recuerdo la emoción de tu venida
y, luego, nada más. ¡Dulce contraste,
recordar el amor que me dejaste
y olvidar el tamaño de la herida!

Muerto o vivo, si quieres más dinero,
date una vuelta por la lencería
y salpica tu piel de seda oscura.

Que voy a regalarte el mundo entero
si me asaltas de negro, vida mía,
y me invaden tu noche y tu locura.

Quizá conozcas algún otro poema de este autor. Te invito a compartirlo.
Y también a que conozcas  quién fue el autor de la letra de Caperucita feroz de La Orquesta Mondragón.


domingo, 16 de enero de 2011

Muñecas de porcelana.

Dice la R.A.E que la porcelana es una "especie de loza fina, transparente, clara y lustrosa, inventada en China e imitada en Europa". Y en su tercera acepción: "esmalte blanco con una mezcla de azul con que los plateros adornan las joyas y piezas de oro".
Cuando estamos ante una mujer de piel blanca y lustrosa, poco expresiva, pero a la vez enigmática decimos que parece de porcelana.
No me atrevería a decir si ser o parecer de porcelana es poseer una cualidad positiva o no porque detrás de la aparente belleza se encuentra la frialdad, la expresión hierática del rostro y del alma.
Leon Tolstoi escribió La muñeca de porcelana, un breve relato en el que su mujer se transforma en muñeca de porcelana cuando ambos están solos.
"A través de mi sueño la oí abrir la puerta, respirar mientras se desvestía, salir de detrás del biombo y acercarse a la cama. Abrí los ojos y vi -no a la Sonia que tú y yo concíamos-, ¡sino a una Sonia de porcelana! (...) Le toqué el brazo; era suave, agradable al tacto y de fría porcelana. Pensé que estaba dormido y me pellizqué, pero ella no cambió y se mantuvo inmóvil frente a mí.
Le dije:
-¿Eres de porcelana?
Y sin abrir la boca (que permaneció como estaba con sus labios curvos pintados de rojo brillante), replicó:
-Sí, soy de porcelana".
Así que, yo me pregunto qué fue lo que motivó esta mutación tan extraña en una mujer que compartía una apacible vida burguesa con su marido y me pregunto cuántos hombres y mujeres de porcelana no habrá alrededor de nosotros compartiendo su vida, su trabajo y sus aparentes emociones con nosotros que, al menos que seamos del todo conscientes, no somos de porcelana.
Y qué se puede hacer cuando tu pareja se convierte en un objeto de porcelana? De momento, procurar que no se rompa porque, puestos a compartir una vida con un objeto inanimado, mejor sería, creo yo, escoger un maniquí (por lo menos), como en aquella película de tan afamado actor que protagonizó La cabina, de cuyo nombre no puedo acordarme.
¿Eres tú un ser de porcelana?

www.ciudadseva.com/textos/cuentos/rus/tolstoi/munyeca.htm

jueves, 6 de enero de 2011

La confesión del doctor Jekyll.

"Sí, tomé partido por el maduro e inquieto doctor, rodeado de amigos y con la ilusión confiada a honestas esperanzas; dejé caer con un definitivo adiós a las riendas de mi libertad, renuncié a mi otra juventud, a la ligereza de la vida y a los violentos impulsos y secretos placeres que había disfrutado oculto en Hyde.(...) Decidí redimir el pasado con mi conducta futura, y puedo decir honestamente que mi decisión dio algunos frutos. Tú mismo sabes con cuánto empeño trabajé en los últimos meses del año pasado por aliviar mis sufrimientos; sabes que hice mucho por los demás y que aquellos días pasaban sosegadamente, casi felices para mí. Sinceramente no puedo decir que hallara fastidiosa esta vida benéfica e inocente, creo, al contrario, que día a día disfrutaba más; mas aún sentía dos cursos de dobles intereses atravesarme; y tan pronto como se agotó el primer impulso de mi penitencia, mi parte más baja, tanto tiempo consentida, tan recientemente encadenada, empezó a bramar por licencia. No es que yo soñara con resucitar a Hyde, cuya sola idea me aterrorizaba; no, fue en mi propia persona donde sentí ahora la tentación de jugar con mi conciencia, y así, como cualquier pecador secreto, caí finalmente ante los asaltos de la tentación."

La novela sobre la dualidad del ser humano, sobre el desdoblamiento de la personalidad o, simplemente, la novela que simboliza el juego de la doble vida sigue teniendo vigencia hoy en día como uno de los grandes clásicos de la literatura universal.
El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, (Robert L. Stevenson, 1886) representa el dilema de la tentación, la duda ante el camino correcto de la moral, la tentación ante lo prohibido y la fascinación ante el pecado. Una cuestión de fortaleza o de debilidad ante los vicios.
Y es que a Jekyll el asunto se le fue de las manos y lo que comenzó como una exploración del lado oscuro sobre el que ejercía un dominio, acabó convirtiéndose en un "vicio", en algo que acabó por dominar y arruinar su primera vida.
Las apariencias engañan, es cierto, y de lo que veas, la mitad creas, dice una sentencia popular y, al final, todo sale.
Eso sí, mantener esta dualidad, es decir, elegir la vía de no renunciar a ninguna de las dos caras, de las dos vidas, exige tener un dominio exhaustivo sobre tu personalidad y sobre tu vida que muy pocos podrían superar.
Este pasaje refleja muy bien la esencia de la novela de Stevenson: ¿puede y/o debe el hombre renunciar a sus instintos?
Hasta donde la libertad del prójimo y los derechos humanos empiezan, debe renunciar a sus instintos, pero en todo lo demás, se debe explorar, concer y experimentar sin más límites que la felicidad de uno mismo y de las personas que quieres.

sábado, 11 de diciembre de 2010

¿Quién sabe? Guy de Maupassant

¿Quién sabe? es el título de uno de los relatos de este autor francés de la segunda mitad del siglo XIX. Guy de Maupassant describe una manera de ser ante la vida y, sobre todo, ante los demás, una manera de ser con la que me siento identificado para lo bueno y para lo malo. Por eso he seleccionado este fragmento:
"He sido siempre un introvertido, un soñador, una especie de filósofo desarraigado, lleno de sentimientos afables, satisfecho con poco, y sin resentimiento particular alguno contra los hombres o contra el destino. Toda mi vida viví solo porque la presencia de otras personas me producía un agudo estado de incomodidad. ¿Cómo podría explicarlo? No es que rehuyera ver a la gente, hablar con ella, o cenar con los amigos. Pero cuando llevaba un tiempo haciéndolo, incluso con aquellos con los que me sentía más compenetrado, me aburrían, me fatigaban en extremo y me ponían nervioso, invadiéndome unos deseos enormes de perderlos de vista, o de irme yo y quedar solo por completo.
Esta tendencia al alejamiento es más que un deseo; representa, en mí, una irresistible necesidad. [...]
En el mundo viven dos especies de personas: los que necesitan a los demás, que se sienten entretenidos, ocupados y vivificados por ellos, y que se encuentran aburridos, exhaustos y enervados por la soledad como si se tratara de subir un glaciar terrible o de atravesar el desierto; y aquéllos a quienes su prójimo les resulta fastidios y agotador, y que hallan paz en el aislamiento y son tranquilizados por la soledad y actividad imaginativa de sus cerebros.
Este es un fenómeno físico normal. Los unos están hechos para vivir de forma extrovertida y los otros introvertida. Yo mismo tengo una cierta capacidad de atención para con los demás, pero en cuanto he llegado al límite de la misma, mi cuerpo y mi mente sufren una angustia intolerable."

El resto del relato es mejor que lo leáis vosotros mismos. Y, cuidado, que no os roben los muebles.

/www.ciudadseva.com/textos/cuentos/fran/maupassa/quien.htm